Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Alguien ha matado a alguien (en Oviedo)

Por Roberto Pérez Pastor11 de mayo de 20264 min de lectura

El extraño arte de esperar que la derecha se entregue por aburrimiento.

Hay un monólogo de Gila en el que se topa con Jack el Destripador. En la historia, Gila sabe quién es el asesino, dónde se hospeda y alquila una habitación en el mismo hotel. Podría detenerle. Pero no es partidario de la confrontación. Así que opta por las indirectas. Cada vez que se cruzan en el pasillo, suelta una: “alguien ha matado a alguien”. Al día siguiente: “alguien es un asesino”. Quince días de pasillo, quince pullas medidas. Jack bajo presión y agotado, confiesa: “¡He sido yo, no me torture más!”.

Cuando se leen los comunicados de la oposición municipal en Oviedo parecen escritos por Gila. Sospechan. Advierten. Lamentan. Instan. Solicitan. Ante denuncias explícitas contra asesores de Alcaldía o cargos de libre designación, las respuestas se enmarcan en la indirecta de la “absoluta prudencia” y el “no prejuzgar”. El léxico es impecable. Se evita la confrontación directa, se opta por la insinuación reglamentaria, por la pulla medida, por la persecución educada. No se acusa: se acompaña al adversario hasta la puerta de la comisión informativa con la esperanza de que, vencido por el peso moral de tanto ruego administrativo, termine confesando por puro agotamiento.

Esta técnica del pasillo, del “alguien ha matado a alguien”, presupone mágicamente que el adversario comparte un código de honor, o al menos un sentido elemental de la vergüenza. Es la fantasía de la novela negra de salón: un mundo donde el orden es la norma y el crimen una anomalía que el culpable, tarde o temprano, se sentirá obligado a explicar. Bajo esta lógica, no hace falta la confrontación; basta con la presencia notarial. Basta con levantar un acta educada de la catástrofe y esperar a que el responsable, abrumado por la elegancia del reproche, entregue el acta y pida perdón.

Es la estética de Miss Marple o de Poirot trasladada a la Plaza de la Constitución. Una política que observa las manchas de humedad en el techo de la gestión pública no como síntoma de la ruina, sino como pista de un misterio que, tarde o temprano, acabará resolviéndose por la fuerza de la gravedad administrativa. Se analiza el “crimen” como si fuera un caso de habitación cerrada: basta con reunir indicios, formular sospechas y esperar al último capítulo de la legislatura, cuando alguien, vencido por la evidencia, confiese en el salón de plenos.

Pero la política municipal no es una novela de Agatha Christie. Quien ejerce de cronista desde la oposición, a diferencia de la autora, no controla el argumento y en el mejor de los casos queda desplazado a un papel de testigo. Y quien convierte el testimonio en posición deja que el relato lo escriba otro. Mientras la oposición se acomoda en la indirecta y en la sospecha educada, la derecha sigue construyendo en la ciudad su propio relato político. No va a confesar espontáneamente sus responsabilidades; no va a comparecer una mañana para admitir, por puro cansancio moral, que aquello que se denunció con prudencia era cierto. En política, el culpable no se derrumba ante la elegancia del indicio: se defiende, se reorganiza y ocupa el relato que la oposición no se atreve a disputar.

Canteli y su gobierno se dedican a otra cosa. Construyen el sentido común de la ciudad con una gramática simple y de trazo muy grueso: orden, fiestas, banderas, eventos y casetas privadas; la idea de que Oviedo funciona para quien sabe vivir en Oviedo. No es una propuesta política excesivamente sofisticada, tampoco hace falta. Basta el relato; la proclama. Y los relatos, cuando no encuentran contrarelato, terminan convirtiéndose en la única realidad disponible. Entonces los testigos se vuelven irrelevantes: sin discrepancia, sin opciones, no hay juicio posible.

El discurso técnico habla al ovetense medio: esa categoría abstracta que vota al PP por inercia cultural y nunca ha necesitado el autobús para subir de Ventanielles o para salir de La Florida. El problema es que el ovetense medio no existe como sujeto político; es una media estadística que nadie habita. El joven que lleva años buscando piso en El Cristo no es el ovetense medio. Tampoco el trabajador del noroeste que sabe que la inversión municipal tiene una geografía muy precisa y que su calle no está en ella. Ni los vecinos que ven cómo el dinero público dibuja siempre el mismo eje sin llegar más lejos. Esos sujetos existen. No aparecen en el relato de Canteli pero tampoco, salvo abstracción estadística, en la crónica de la oposición.

Frente a un gobierno que ha sabido bien novelarse a sí mismo, la respuesta ha sido técnica: incoherencias presupuestarias señaladas, mala planificación denunciada, consecuencias advertidas. Todo correcto. Todo insuficiente. Porque corregir no es disputar. Instalarse en el papel del contable enfadado implica aceptar, sin proponérselo, que el modelo de ciudad es el del adversario y que la diferencia reside únicamente en la pericia de quien lo ejecuta. Si el marco es el mismo, el ciudadano tiene pocas razones para cambiar lo que ya conoce por una versión más ordenada del mismo guión. La derecha seguirá escribiendo. Y en esa novela la pregunta no es quién cometió el crimen. Es quién escribe el final.

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