Amabilidá
Marchas, talleres, escucha, empatía y convivencia construyen el relato de una ciudad amable atravesada por desigualdades que permanecen intactas.

Amabilidá se ha convertido en el concepto central y eje político-cultural de la candidatura de Oviedo a Capital Europea de la Cultura 2031. Una candidatura que se expresa en torno a conceptos como diálogo, empatía, altruismo, consenso y convivencia, partiendo de un planteamiento en el que la cultura puede generar espacios donde personas con posiciones, identidades o intereses diferentes puedan relacionarse sin que la diferencia tenga que convertirse necesariamente en confrontación.
Es una Amabilidá que no se queda en lema. Se desarrolla y se hace operativa en una serie de actos concretos: una Marcha por la Amabilidá que reunió a 2.500 escolares en 2026, tras meses de trabajo en danza, teatro, circo y artes plásticas, y que terminó en la antigua Fábrica de Armas de La Vega rebautizada para la ocasión “Fábrica de Amabilidá“; una convocatoria, “Pequeñas Acciones por la Amabilidá“, que seleccionaría doce propuestas de artistas y colectivos asturianos para trabajar con centros educativos entre octubre y diciembre; un manifiesto por la Amabilidá y el respeto firmado por los 418 equipos y cerca de 9.000 jugadores de la Oviedo CUP; y “Sentémonos”, encuentros vecinales para escuchar propuestas y reivindicaciones barrio a barrio: la cuarta edición, hace unas semanas, en Ventanielles.
Los vecinos de Oviedo ya sabíamos cómo sonaba esto. Leopoldo Alas retrató una ciudad donde la corrección de trato convivía sin demasiado roce con la hipocresía de clase y el juicio implacable bajo una superficie amable y la llamó Vetusta. Ciento cuarenta años después, la escena se repite con actas de pleno: casi en los mismos compases que la ciudad comenzaba a ensayar su “Fábrica de Amabilidá”, el alcalde llamó “verdulera” a una portavoz de la oposición, rematando que “pasó sin pena ni gloria” por la política y “solo se la conoce por su labor sindical”, frente a su propia trayectoria, que “la sabe todo Oviedo y toda Asturias”.
Muchos podemos pensar que un alcalde pierda de esa manera las formas o la corrección no demuestra ni invalida nada sobre el contenido de un proyecto cultural y, desde luego, no demuestra que la estrategia de Amabilidá sea una mala idea para alcanzar la capitalidad cultural. El problema surge cuando cultura y política se tocan y esta comienza a presentarse como respuesta al conflicto social, a través de categorías psicológicas y morales: empatía, escucha, respeto y convivencia, relegando a un segundo plano las condiciones materiales y relaciones de poder que producen esos conflictos.
En ese momento, el episodio de Canteli permite entrever el hueso bajo la carne. Leerlo como un fallo de carácter sería una crítica moral. En sí mismo no conforma argumento; es más bien la evidencia de que la incorrección en el trato puede convivir sin ningún tipo de roce con las mismas acciones que se pretenden poner de manifiesto. Lo que realmente interesa es qué función cumple la Amabilidá cuando deja de ser un gesto y pasa a ser un proyecto, un programa de gobierno; qué nos explica la Amabilidá del malestar de la ciudad y qué deja bajo la alfombra y, sobre todo, a quién pide el esfuerzo de corregirse.
Cuando una ciudad envejece, cuando el alquiler expulsa a quien no puede pagarlo, cuando un barrio entero acaba como destino natural de lo que otro rechaza, se evidencian relaciones de poder con nombre y apellido: quién decide, quién asume el coste y quién se beneficia. La Amabilidá no las niega, las canaliza. La causa no desaparece, se asume y el conflicto comienza a presentarse como un déficit en el trato: algo sobre lo que intervenir con más diálogo, escucha y talleres de convivencia, desplazando a un segundo plano la intervención sobre las condiciones que lo producen.
La eficacia de la Amabilidá está en que no reprime nada, tampoco silencia a nadie; basta con pedir a todo el mundo, por igual, que sea amable, desplazando el foco desde el eje de la desigualdad hacia la conducta. Desde la Amabilidá los conflictos ni se persiguen ni se resuelven; se administran con las mismas herramientas que se destinan a corregir el trato, los déficits de carácter, imponiendo la misma obligación de conducta a quienes no disponen del mismo poder
El acceso a la vivienda constituye una de las condiciones materiales más visibles del malestar urbano y también una de aquellas sobre las que existen instrumentos directos de intervención: no dependen del trato, sino de la regulación del mercado. Cuando el Principado planteó declarar Oviedo zona de mercado residencial tensionado, el alcalde y su equipo de gobierno lo rechazaron apelando a que había que “cortar esa obsesión con querer intervenir la propiedad privada”. La Amabilidá tampoco falta aquí: se ofrece como acompañamiento del malestar, pero sin intervenir la causa.
La Amabilidá tampoco termina en la firma de las actas de los plenos o en las declaraciones oficiales. La ciudad se construye también desde sus poderes institucionales y simbólicos, y entre ellos la Iglesia, que en Oviedo tiene una presencia difícil de considerar secundaria. Cuando el arzobispo afirma que “todos no caben” y propone “descartar a cuantos extrañamente se nos cuelan”, choca directamente con una candidatura que presenta la acogida, la empatía y la hospitalidad como rasgos de identidad de la ciudad. Aquí la Amabilidá ensaya sus más vergonzosas fronteras: aunque logre proclamarse como valor colectivo de ciudad, apenas alcanza a interpelar a quienes disponen de poder suficiente para situarse fuera de esa proclama.
La convivencia territorial no se mide solo en el trato cotidiano entre vecinos, sino también en la distribución de aquello que ningún barrio quiere recibir: quién tiene capacidad para rechazarlo y quién carece de ella. En La Florida, el vecindario se movilizó este agosto contra un centro de menores extranjeros no acompañados. La Amabilidá, tampoco aquí interviene sobre la causa. Pero además, en este caso desaparece: el diálogo se rompe, el consenso deja paso a la confrontación y la empatía se detiene precisamente ante aquel a quien se debe reconocer como semejante. En La Florida se hacen evidentes las fronteras de la Amabilidá del escaparate, la que se destina exclusivamente a un jurado, la que posa para la foto y luce en las marquesinas.
Tres registros y un solo mecanismo: la ciudad amable no calla el conflicto, dibuja alrededor de él los límites de un corral. Dentro de la valla quedan quienes tienen que soportarlo con paciencia; fuera, quienes conservan capacidad para decidir sobre él. Lejos de romper esa desigualdad, la disfraza en los límites que el propio consenso confía al diálogo, la empatía, el altruismo y la convivencia; separados por una empalizada.
Podemos dejarlo aquí y lo llamamos cinismo. O quizá sea más cómodo acotar la responsabilidad al alcalde, al gobierno, al arzobispo o al barrio, pero el mecanismo seguiría intacto, con otro nombre quizá, pero intacto. Porque lo que atraviesa estos episodios no es la mala fe de nadie en particular a quien acusar, sino un dispositivo que opera en tres niveles que nunca se rinden cuentas entre sí: la ciudad que proclama, el gobierno que decide y el poder. Un poder distribuido y difuso que reparte quién tiene que pedir permiso para existir y pertenecer y quién no.
Ni siquiera hace falta decir que la Amabilidá esté mal planteada desde el origen. El diálogo, la empatía, la escucha no son un error. Son como mucho insuficientes. El error se hace notar cuando se detienen: cuando la ciudad pide corrección de trato y no la acompaña, evidenciando lo que hace desigual esa exigencia porque pedirle Amabilidá a quien ya tiene cuanto necesita o dispone de poder para decidir es una mera formalidad, mientras que pedírsela a quien apenas dispone de capacidad para resistir es gestionar una servidumbre con un vocabulario educado y bonito.
La Amabilidá es tan vieja como la propia Vetusta. Los vecinos de Oviedo llevamos años sabiendo que el actual gobierno no aspira a resolver el conflicto, sino a civilizar su visibilidad: dibuja la valla, reparte los papeles y exige a ambos lados el mismo tono de voz.
El 20% de nuestros vecinos viven por debajo del umbral de pobreza. La demanda de vivienda accesible a rentas bajas supera las siete mil. Entre ambos indicadores no caben talleres de convivencia.
Pedirle amabilidad a quien manda es protocolo; pedírsela al que no llega a fin de mes es recordarle, con exquisita educación, que su condena consiste en no hacer ruido.
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