Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

De la desinformación a la desmovilización

Por Roberto Pérez Pastor26 de abril de 20266 min de lectura

A fuerza de repetirse, la mentira deja de escandalizar y empieza a administrarse como rutina. La desinformación no sólo falsea los hechos, fatiga la verdad y desactiva a la ciudadanía.

En enero de 2026, un medio de comunicación publicó que los inmigrantes podrían obtener la nacionalidad española sin certificado de antecedentes penales. Era falso. Lo desmontaron en horas. El artículo fue borrado. Y sin embargo, el bulo siguió circulando: que los regularizados podrían votar en las próximas elecciones, que había fraude electoral en ciernes, que la regularización era una operación de ingeniería demográfica para perpetuar al Gobierno. Nada era cierto pero todo siguió moviéndose.

Maldita.es lo desmontó. VerificaRTVE lo desmintió. Las evidencias estaban sobre la mesa. Y el bulo sobrevivió a todos ellos porque no operaba sobre los hechos: operaba sobre el miedo, el agravio y la identidad. Cuando la mentira encaja en lo que alguien ya teme, el desmentido siempre llega tarde. Y cuando llega tarde, no solo no repara el daño: lo consolida.

El efecto más grave de una fake news no es que engañe, sino que altera el modo en que nuestra sociedad se relaciona con la verdad. A fuerza de repetirse, banalizarse y contaminar el espacio público, la mentira deja de ser solo falsedad y pasa a producir una subjetividad nueva: ciudadanos fatigados, cínicos y cada vez menos capaces de distinguir entre evidencia, consigna y ruido. El problema ya no es solo que circule la mentira, sino que se erosionen las condiciones sociales, cognitivas y morales que hacen posible reconocerla como tal.

Las fake news no solo engañan: reorganizan la percepción. La desinformación no actúa únicamente por la falsedad objetiva de lo que afirma, sino por su capacidad para repetirse, impactar emocionalmente, hacerse familiar y encajar en marcos cognitivos previamente disponibles. Su eficacia no depende tanto de la solidez de sus pruebas como de su capacidad para activar disposiciones previas: miedo, agravio, sospecha, identidad o resentimiento. La mentira no solo compite con la verdad: la desgasta. Primero moviliza, luego se normaliza y, por último, termina contaminando el ecosistema entero, hasta erosionar la confianza en nuestro propio criterio de realidad.

Cuando alguien comparte una falsedad ya no está solo ante un dato: ha puesto en juego su imagen, su credibilidad y su pertenencia. Desde ese momento, rectificar deja de ser un acto puramente cognitivo y pasa a convertirse en un problema identitario. Lo que se expone ya no es solo la veracidad de una afirmación, sino la coherencia del sujeto consigo mismo, su prestigio ante los demás y su lugar dentro del grupo que comparte ese relato. Quien ha defendido una mentira no siempre se enfrenta después a una simple corrección factual, sino a una evidencia más incómoda: la de haber quedado expuesto, haber contribuido al error o haber sostenido públicamente algo falso.

La mentira deja entonces de ser solo una falsedad y pasa a convertirse en una pieza más del yo. Rectificar ya no consiste únicamente en reconocer un error, sino en asumir una herida narcisista, una pérdida de autoridad o una fisura en nuestra propia identidad. Por eso, cuanto más públicamente se ha defendido una falsedad, mayor suele ser la resistencia a abandonarla. No porque falten pruebas, sino porque rectificar entraña una pérdida de capital simbólico.

Pero la mentira no agota sus efectos en el instante en que es creída o defendida. Cuando su circulación se vuelve constante, cuando la alarma se cronifica y el ruido se convierte en atmósfera, se produce un deterioro más profundo: el sujeto deja de reaccionar como alguien engañado y empieza a comportarse como alguien fatigado. La exposición continuada a un sistema saturado de falsedad no mantiene viva la vigilancia; la desgasta.

La desinformación deja entonces de percibirse como irrupción y pasa a integrarse en el paisaje informativo cotidiano. Ya no escandaliza: se administra. Y con ello no solo se banaliza la mentira, también se debilita el esfuerzo de distinguirla. La saturación no produce más criterio, sino todo lo contrario: cansancio, indiferencia y una erosión progresiva del juicio. El sujeto ya no sabe bien qué creer, pero lo verdaderamente grave es que empieza a no creer que merezca la pena comprobarlo.

En ese punto, el escepticismo se degrada en cinismo. Deja de operar como una disposición crítica orientada a contrastar y pasa a funcionar como una renuncia anticipada a la posibilidad misma de verdad compartida. Cuando todo parece manipulado, la mentira ya no necesita imponerse como verdad; le basta con volverla irrelevante. A partir de ahí, la desinformación deja de ser solo un problema de verdad y pasa a convertirse en un dispositivo de desmovilización. No activa ciudadanía crítica: fabrica agotamiento, resignación y retirada.

Cuando la falsedad se cronifica, no solo se erosiona el juicio sino también se desgasta la conciencia. La mentira repetida amortigua la respuesta moral y convierte en rutina lo que debería seguir siendo intolerable.

Es desde esa combinación de fatiga cognitiva y amortiguamiento moral desde donde empiezan a desplegarse sus consecuencias políticas más profundas.

La primera es la fragmentación de la realidad compartida. Cuando la mentira degrada el suelo común de hechos, el desacuerdo deja de producirse sobre la interpretación de lo real y pasa a instalarse en la realidad misma. Ya no se discute qué significan las cosas, sino si ocurrieron siquiera.

La segunda es el desplazamiento de la política hacia la identidad. Cuando la mentira ocupa el espacio de los hechos, el debate deja de organizarse en torno a programas, derechos o garantías y pasa a estructurarse alrededor de símbolos, pertenencias y agravios. La deliberación cede su lugar a la adhesión, y la política deja de medirse por lo que transforma para empezar a medirse por lo que representa.

La tercera, y quizá la más peligrosa, es la disponibilidad autoritaria que todo esto deja tras de sí. Cuando el sujeto ya no confía en los hechos, ni en las mediaciones, ni en los demás, crece la tentación de delegar el criterio en una voz fuerte, tajante y aparentemente inmune a la complejidad. La mentira no solo desordena la democracia: prepara el terreno psicológico para formas más obedientes y más brutales de autoridad.

La mentira no es patrimonio exclusivo de una ideología, pero tampoco produce el mismo daño en todos los planos. En el exterior, intoxica el debate público, fragmenta la realidad compartida y empuja la política hacia la identidad, el símbolo y la proclama. Y cuando esa misma lógica se tolera dentro de una organización, el daño es aún peor: corroe el juicio, envilece la deliberación y secuestra la capacidad colectiva de corregirse, rendir cuentas y transformar la realidad.

Cuando la mentira deja de ser un accidente y pasa a organizar la vida pública, la cuestión ya no es quién miente, sino qué tipo de sociedad estamos dispuestos a tolerar. Una sociedad que aprende a convivir con la falsedad no se vuelve más escéptica ni más libre: se vuelve más obediente. Y cuando esa obediencia se convierte en norma, lo que desaparece no es solo el acuerdo sobre los hechos, sino la propia posibilidad de exigir responsabilidades. Aquí, la mentira deja de ser un problema para convertirse en una ventaja competitiva, y quien se rinde, consiente o se aprovecha de ella no estará disputando el poder, sino adaptándose a su propia derrota.

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