Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

El cuerpo legítimo

Por Roberto Pérez Pastor16 de agosto de 20268 min de lectura

Una causa necesita argumentos, pero también alguien capaz de encarnarlos ante los demás. Las organizaciones distribuyen credibilidad, administran la crítica y deciden qué cuerpos pueden ser reconocidos como representación legítima.

El 2 de marzo de 1955, Claudette Colvin volvía del instituto en un autobús de Montgomery, Alabama, en Estados Unidos. Tenía quince años y la cabeza llena de historia negra. Esa misma semana, en clase, habían estudiado la esclavitud y la Reconstrucción. El autobús se llenó y, cuando el conductor le ordenó a ella y a sus tres compañeras que cedieran sus asientos a una mujer blanca, sus amigas se levantaron sin protestar, pero Colvin no lo hizo. La sacaron del autobús a rastras, esposada, y acabó ante un tribunal.

Nueve meses después, otra mujer negra se negó a hacer prácticamente lo mismo, en la misma ciudad y en el mismo sistema de autobuses. Tenía cuarenta y dos años, trabajaba de costurera y era secretaria de la sección local de la NAACP, la misma organización en cuyo consejo juvenil militaba Colvin. Se llamaba Rosa Parks. Su detención desencadenó una movilización que se prolongó durante trescientos ochenta y un días, catapultó a la fama al joven reverendo Martin Luther King y quedó fijada en la memoria colectiva como uno de los acontecimientos fundacionales del movimiento moderno por los derechos civiles.

El mismo gesto. La misma desobediencia. Rosa Parks se convirtió en un símbolo universal de los derechos civiles. Colvin acabaría siendo una de las demandantes del proceso judicial que derribó la segregación en los autobuses y, sin embargo, permanecería mucho más tiempo en los márgenes del relato.

La politóloga Hanna Pitkin formuló una distinción que ofrece un punto de partida para entender lo ocurrido entre Colvin y Parks sin reducirlo a una injusticia de la memoria: parecerse a quienes se representa no es lo mismo que llegar a representarlos. La representación descriptiva funciona como un espejo: representa quien comparte características con aquellos a quienes representa. La representación simbólica opera de otra manera: una persona representa cuando llega a encarnar, ante los demás, aquello que pretende representar. Para eso no basta con compartir una condición o haber sufrido una injusticia; es necesario ser reconocido como una expresión legítima de ella.

Colvin tenía quince años, era pobre, de piel oscura y, meses después de su arresto, quedó embarazada. Encarnaba muchas de las vulnerabilidades que atravesaban la vida de una adolescente negra en el Montgomery segregado. Parks, en cambio, tenía cuarenta y dos años, empleo estable, estaba casada y acumulaba años de militancia y reconocimiento dentro de la comunidad. Ante una sociedad dispuesta a buscar cualquier pretexto para desacreditar la protesta, su figura ofrecía menos flancos. No representaba mejor la injusticia porque la hubiera padecido más, sino porque reunía mejores condiciones para convertir aquella injusticia en una causa públicamente reconocible.

Colvin tenía el hecho, pero Parks disponía, además, del capital simbólico necesario para convertirlo en relato; porque la credibilidad no se improvisa el día del arresto, comienza a acumularse mucho antes. Los movimientos y colectivos no escogen necesariamente como símbolo a quien mejor encarna el daño que denuncian, sino a quien consideran más capaz de hacerlo inteligible y legítimo ante aquellos a quienes necesitan persuadir.

Algo parecido ocurre dentro de las organizaciones políticas. Durante las últimas décadas, algunas han abierto sus procesos de selección, ampliado la participación de sus miembros e incorporado mecanismos destinados a hacer más permeable la frontera entre quienes dirigen y quienes son dirigidos. Las candidaturas ya no tienen necesariamente que nacer en un despacho ni contar con la aprobación previa de quienes ocupan posiciones de poder. Sobre el papel, cualquiera que reúna las condiciones puede competir.

Pero abrir el procedimiento no significa necesariamente abrir los criterios con los que después evaluamos a quienes participan en él.

Una organización puede aceptar candidatos nuevos y seguir buscando en ellos las cualidades que aprendió a reconocer en los antiguos; reclamar renovación y desconfiar de quien carece de experiencia; pedir voces diferentes y penalizarlas cuando hablan de manera demasiado diferente; reivindicar juventud y exigir a los jóvenes las cautelas, los códigos y las formas de quienes llevan décadas dentro. Puede democratizar por completo el acceso a la competición y mantener intacta su idea de cómo debe ser alguien para resultar creíble, responsable o preparado.

El filtro, entonces, ya no está en la puerta. Está en la mirada.

Y ese desplazamiento lo hace especialmente resistente. Porque los criterios con los que una organización reconoce la solvencia rara vez están escritos en sus estatutos. Se acumulan con el tiempo y terminan convertidos en sentido común: tener experiencia, conocer la organización, saber esperar, no precipitarse, generar confianza, respetar los tiempos, ser institucional. Ninguna de esas cualidades resulta, por sí misma, sospechosa; el conflicto aflora cuando todas juntas dibujan siempre el mismo perfil y convierten cualquier desviación en inmadurez, ambición, radicalidad o falta de preparación.

De este modo, una organización puede cambiar las reglas de acceso sin modificar la representación de quién merece llegar. La competición se abre, pero el modelo de candidato legítimo permanece. Y cuando eso ocurre, la renovación deja de depender únicamente de que aparezcan personas nuevas: depende también de que esas personas consigan atravesar un sistema de reconocimiento construido mucho antes de que ellas llegaran.

Este desplazamiento, además, explica qué puede ocurrir con el relato de quien no consigue atravesarlo. Colvin no fue borrada. Su detención quedó registrada, su gesto fue conocido dentro de la comunidad negra de Montgomery y su caso formó parte de aquella lucha. Pero el valor simbólico de su desobediencia no quedó unido a su figura. Cuando el movimiento encontró en Parks un cuerpo capaz de sostener públicamente aquella misma causa con menos fricción, articuló en torno a su detención la movilización que venía preparando. Con el tiempo, la memoria colectiva terminó concentrando en su figura un significado que otros actos anteriores, el de Colvin entre ellos, habían contribuido también a construir.

Fue algo sutil: una separación entre el contenido políticamente útil de una ruptura y la persona que inicialmente la había encarnado. Podríamos llamar a ese mecanismo exacción simbólica: conservar el relato, la demanda o la impugnación y reasignar su representación a un sujeto considerado más legítimo para encarnarlos. No consiste simplemente en apropiarse de una idea ni en incorporar a quien la formuló; lo específico está en que la impugnación sobrevive y cambia de portavoz.

El mecanismo no es exclusivo de este caso. Una organización puede incorporar una crítica sin reconocer como legítimos a quienes la formularon. Puede asumir su diagnóstico, apropiarse de su lenguaje, incluirla en sus programas y exhibirla como prueba de apertura. Pero, cuando llega el momento de encarnarla, puede confiarla exclusivamente a quienes resultan compatibles con los mismos criterios de reconocimiento que aquella crítica pretendía cuestionar. La crítica, de este modo, no se silencia; se administra: se conserva el enunciado y se modifica el sujeto autorizado para pronunciarlo. Lo más incómodo del mecanismo no es que exista; es que no necesita ocultarse para funcionar y puede exhibirse, precisamente, como prueba de apertura.

Pero una organización política nunca elige únicamente ante sí misma. Puede resolver bien aquello que depende de ella (el relato, la cohesión, la selección de quién debe encarnarlo) y, aun así, no haber cerrado el problema. Queda una segunda instancia de reconocimiento, distinta de la primera, que la organización no controla: la sociedad a la que aspira a representar. En los mecanismos tradicionales de selección de candidaturas, esa segunda mirada solía estar incorporada al propio filtro interno. Una dirección, un comité o una élite de partido elegía, anticipando también la pregunta exterior: quién podía sostener la propuesta ante aquellos a quienes después habría que convencer.

Algo semejante ocurrió con Parks. No fue escogida para protagonizar su desobediencia, pero, una vez detenida, el movimiento reconoció en ella una figura capaz de soportar el escrutinio de una sociedad mucho más amplia que la comunidad movilizada. La mirada exterior estaba ya presente en la decisión de convertir su caso en el centro de la protesta.

Cuando el mecanismo de selección se democratiza, esa relación puede alterarse. Quien decide ya no es una pequeña élite encargada de anticipar el juicio externo, sino una militancia que evalúa desde sus propios códigos de reconocimiento. La mirada social no desaparece. Simplemente pierde parte de su capacidad para operar como filtro previo y reaparece después como prueba. La organización elige primero y descubre más tarde hasta qué punto aquello que reconoce como legítimo resulta también legible fuera de ella.

Que un candidato resulte legible para una audiencia externa no significa que tenga que parecerse a aquello que esa audiencia ya reconoce como legítimo. Legibilidad no es concesión; consiste en conseguir que algo diferente pueda ser comprendido, interpretado y finalmente reconocido. Hacer comprensible una propuesta nueva no exige adaptarla a los códigos de lo conocido. Cuando esa diferencia se pierde, cualquier proyecto de transformación corre el riesgo de acabar reproduciendo el lenguaje, las formas y hasta las figuras de quienes ya ocupaban el centro.

Quizá por eso la renovación de una organización no se mida solo por quién consigue atravesar sus puertas, sino también por lo que ocurre con la mirada al otro lado. Cambiar los procedimientos puede modificar quién llega hasta allí, pero no garantiza que cambien los criterios con los que será reconocido fuera. Una organización puede transformar por dentro su idea de quién está preparado para dirigir y descubrir, después, que la sociedad sigue mirando con los mismos ojos de siempre.

Justo ahí queda planteada una disyuntiva que ninguna organización resuelve de antemano. Puede buscar siempre a su Rosa Parks; alguien capaz de representar lo nuevo sin resultar demasiado extraño ante los códigos de legitimidad existentes, o puede asumir un riesgo mayor y sostener aquello que todavía no encaja, apostando por que sea la mirada la que finalmente ceda. Lo primero facilita el reconocimiento. Lo segundo aspira a transformar sus condiciones.

Claudette Colvin tenía quince años cuando se negó a levantarse de aquel asiento. No le faltaba causa. Tampoco gesto. Le faltaba una sociedad y, en parte, un movimiento capaz de reconocer en aquel cuerpo la representación legítima de lo que estaba ocurriendo. Setenta años después, esa cuestión sigue sin resolverse en muchas organizaciones políticas: se puede atravesar la puerta y descubrir, al otro lado, que la mirada que concede legitimidad es otra.

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