Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

El derecho a no sufrir: Catorce estaciones del abandono

Por Roberto Pérez Pastor3 de abril de 20267 min de lectura

Cuando una sociedad no repara el daño, convierte sus ruinas en un catecismo moral.

Noelia no murió. La fueron matando despacio, por estaciones: una infancia herida, institucionalización, desprotección, violencia, caída, lesión, judicialización y muerte.

Un viacrucis no es solo un rito religioso ni una secuencia devocional de imágenes piadosas. Es, en su estructura más profunda, la gramática de un sufrimiento injusto: condena, carga, caída, exposición, despojo, ejecución y duelo. No habla solo del dolor, sino del dolor administrado por el poder.

Catorce estaciones ordenaron la Pasión de Cristo. Catorce momentos en los que el inocente fue entregado, humillado, obligado a cargar, expuesto y finalmente destruido ante la mirada de todos. El caso de Noelia no puede leerse como un hecho aislado ni como un simple accidente seguido de una muerte. También en su vida hay una secuencia. También en su historia hay estaciones.

Entre el viacrucis de Jesús y el de Noelia no hay identidad teológica, pero sí una analogía política y moral que a muchos debería incomodar. Cristo sufre sin culpa propia y Noelia carga con consecuencias que no pueden reducirse exclusivamente a sus decisiones, porque vienen moldeadas por el abandono, la fractura familiar, la vulnerabilidad acumulada y el daño sistémico. En ambos casos, el sufrimiento no aparece como fatalidad abstracta: comparece organizado, distribuido y legitimado por estructuras de poder.

En la pasión de Jesús actúan el imperio, la autoridad religiosa, la multitud y la ley. En la pasión secular de Noelia comparecen una familia rota, un sistema de tutela que contiene más que repara, una red de salud mental insuficiente, la burocracia, la judicialización y el moralismo religioso. Su viacrucis no redime a nadie. Acusa.

Catorce estaciones. Todas reconocibles.

I. Noelia es condenada a muerte

Jesús fue formalmente condenado a muerte. A Noelia la condena no le sobreviene en forma de auto ni adopta la forma de una pena formal, sino la de una trayectoria de abandono: familia rota, tutela, fragilidad temprana, daño no reparado. Antes de caer desde un quinto piso, ya había sido entregada a un circuito institucional que contenía el riesgo, pero no restituía la vida. Como Jesús ante Pilato, Noelia entra pronto en manos de un poder que administra su destino sin devolverle una agencia efectiva sobre él.

II. Noelia carga con la cruz

La cruz no es sólo sufrimiento; es la materialización visible de una condena. Noelia carga con la suya: una familia desestructurada, la precariedad afectiva, el fracaso de la protección, las secuelas de decisiones que no pueden aislarse de las condiciones que las hicieron probables. La moralización posterior hará todavía más pesada esa carga, porque además deberá soportar que su sufrimiento sea leído y encauzado como culpa privada.

III. Noelia cae por primera vez

Toda caída es previsible sobre un suelo inestable. La primera caída de Noelia no es el salto. Es mucho anterior: la infancia quebrada, la salida del hogar, la entrada en el sistema de protección, la fractura del vínculo.

IV. Noelia encuentra a su madre

El amor impotente: la madre está, pero no puede salvar. El vínculo no desaparece del todo, pero llega roto, insuficiente, incapaz de recomponer una vida ya atravesada por el daño.

V. Simón de Cirene ayuda a llevar la cruz

El sistema presta sus cireneos: profesionales, recursos, cuidados, momentos de sostén. Pero, como en la pasión, la ayuda no suspende la condena. Sólo permite que el trayecto continúe. El sistema no repara: gestiona, administra y contiene; apenas intenta hacer soportable por más tiempo lo insoportable.

VI. La Verónica enjuga su rostro

Verónica representa el gesto compasivo que ve a Jesús como persona dentro del suplicio. En Noelia se deja ver en aquellos momentos en que alguien escucha, cree, acompaña y humaniza. Pero el reconocimiento episódico no equivale a transformación estructural. La prensa acompaña, el rostro aparece, permanece; el dolor y el sistema, sin embargo, siguen intactos.

VII. Noelia cae por segunda vez

La segunda caída no sorprende; confirma el peso de su cruz. En Noelia, esta estación remite a la repetición del daño: salidas fallidas, relaciones destructivas, vulnerabilidad reiterada, posibles episodios de consumo, violencia, sufrimiento psíquico. No es ya un tropiezo aislado; es la confirmación de una biografía erosionada, de una identidad ya rota.

VIII. Noelia ante el llanto público

La sociedad llora, se conmueve, pero el mecanismo de condena sigue su curso. Su caso genera tristeza, escándalo, posicionamientos morales y ruido mediático. Mucha compasión. Poca reparación. Mucho duelo público por el símbolo. Muy poca intervención eficaz sobre la nuda vida. Noelia es exhibida como objeto de compasión pública, como instrumento de azote moral, pero no de justicia.

IX. Noelia cae por tercera vez.

La biografía herida, la identidad vulnerada, dejan paso al colapso físico. El intento de suicidio, la caída, la lesión medular irreversible, la paraplejia, el dolor neuropático, la dependencia. La tercera y última caída es ya la visible, la que nadie puede negar porque deja inscrito el sufrimiento en la carne.

X. Noelia es despojada de intimidad, de autonomía y de soberanía sobre su propio dolor.

Desnudar a Jesús supone exponerlo, humillarlo, convertirlo en cuerpo disponible. En Noelia, el despojo adopta otras formas: la pérdida de control sobre funciones básicas, la medicalización radical de la vida cotidiana, la exposición pública de su caso, el litigio sobre su decisión, la apropiación ideológica de su historia. Hasta lo más íntimo, su sufrimiento, queda expuesto.

XI. Noelia es clavada en la cruz.

La crucifixión es la inmovilización del dolor. Noelia queda fijada a un sufrimiento que el sistema reconoce, pero no deja cesar. Su sufrimiento es evaluado, certificado, admitido, documentado. Todos aceptan que existe. Y, sin embargo, el procedimiento lo prolonga. No estamos sólo ante el dolor, sino ante su administración reglada.

XII. Noelia muere en la cruz

Noelia ejerce finalmente el único margen de decisión que le queda: dejar de sufrir. En esta determinación no hay culto a la muerte ni retórica de la liberación. Es una decisión arrancada al límite, allí donde la vida ya no comparece como posibilidad habitable, sino como administración del dolor. Lo intolerable no es que decidiera morir. Lo intolerable es todo lo que tuvo que ocurrir antes para que esa decisión fuera la única forma de recuperar alguna soberanía sobre su propio sufrimiento.

XIII. Noelia es bajada de la cruz

Sólo después de la muerte se hace visible una forma de paz que el sistema no supo, o no pudo, garantizar en vida. El descenso de la cruz nombra por fin la interrupción del tormento, pero esa interrupción no repara nada. Lo que deja tras de sí no es consuelo, sino una evidencia insoportable: hubo que llegar hasta la muerte para detener un sufrimiento que debió haberse evitado o reparado. Su dolor cesa, pero su cese desconsuela e incrimina.

XIV. Noelia es colocada en el sepulcro

El sepulcro de Noelia es un juicio sobre la sociedad que la dejó llegar hasta allí. No promete redención ni consuelo moral: exige responsabilidad. Su muerte no clausura nada. Deja el caso abierto como acusación contra todos los poderes que administraron su sufrimiento y sólo llegaron a tiempo para su final.

La instrumentalización moral y política de su caso añadió a su situación una forma más de crueldad. Noelia no solo tuvo que cargar con su dolor, con su biografía herida y con la prolongación institucional de lo insoportable. Algunos la obligaron a cargar también con el uso público de su sufrimiento como lección ajena. Convertir su decisión en “suicidio asistido”, o reducirla a emblema de decadencia moral, no es sólo una toma de posición doctrinal: es una operación de poder. Es condenar el acto para volver a condenar a la persona. Es arrancarle la complejidad de su historia, vaciarla de contexto y devolverla al viejo repertorio moral de la culpa, como si lo que hubiera delante no fuera una mujer agotada por el dolor, sino un ejemplo útil para santificar el sufrimiento y disciplinar al resto.

Esta instrumentalización de Noelia resulta particularmente obscena porque añade peso a su cruz incluso después de reconocerse la magnitud de su tormento. La deshumaniza dos veces: primero, al reducir su biografía a un expediente moral y, después, al convertir su decisión en un escenario donde otros exhiben pureza doctrinal, convicciones religiosas o superioridad ética.

Frente a esa violencia, es imperativo no hablar por encima de ella, sino devolverle lo que se le fue arrebatando una y otra vez: su humanidad, su singularidad y su agencia. Noelia no es ni fue un símbolo de nada sagrado. Ante todo, fue una persona, atravesada por daño concreto, que tomó una decisión extrema en condiciones extremas. Reconocer y aceptar su decisión no es celebrar su muerte; es devolverle, al menos al final, una parte de la soberanía que casi todo en su vida le había negado.

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