El primero de Mayo
De la fuerza social a la liturgia de la espera: el desmantelamiento de una clase organizada frente al espejismo de la paz administrativa.

Cada primero de mayo: el escenario, las pancartas y el discurso, que a fuerza de repetirse, todos conocemos antes de que empiece. Una liturgia que ya no es exactamente celebración pero tampoco exactamente protesta. Es memoria ejecutada como ceremonia, la forma que adopta una tradición cuando sobrevive más en el rito que en la fuerza social que la hizo posible. Se conmemora lo que ya no puede repetirse.
Somos hijos y nietos de quienes conquistaron derechos desde una posición estructural de clase obrera. Pero ninguna conquista social queda a salvo de la ofensiva que busca revertirla. Sobre el suelo de lo conseguido se desplegó, de forma silenciosa y paulatina, una reorganización del trabajo que abrió paso a la precariedad, la segmentación y a formas renovadas de explotación. Lo que se erosionó no fue solo el empleo sino también las condiciones sociales que permitían producir un sujeto político a partir de una posición de clase.
Conviene no confundir dos cosas que no son lo mismo. La primera es la clase como lugar en la estructura económica y la segunda es la clase como actor capaz de reconocerse, organizarse y demandar. La primera persiste. La segunda no surge por inercia; necesita tiempo, continuidad, espacios comunes y mediaciones capaces de convertir experiencia compartida en conflicto inteligible.
El trabajo estable no era únicamente una fuente de ingresos. Era el espacio donde la experiencia cotidiana y compartida se convertía en demanda colectiva, donde el conflicto encontraba lenguaje, sentido y vínculo. Cuando ese espacio se fragmentó a golpe de reconversiones, prejubilaciones y cierres, dando paso a la precariedad actual, la temporalidad y la subcontratación, desapareció también la base material que hacía posible la organización autónoma. Sin continuidad no hay cultura. Sin cultura no hay sujeto. Y sin sujeto, el conflicto deja de organizarse desde abajo y queda a disposición para ser administrado desde arriba.
El sindicato no traiciona porque sí. Hoy opera en un terreno que ha sido vaciado y en ese nuevo terreno la función posible es otra. Cuando la base obrera se atomiza, el intermediario se convierte necesariamente en el actor principal y ya no es posible articular una demanda que surja desde abajo, solo puede administrar lo que queda de ella. Negocia lo que se puede, no lo que se necesita. El resultado no es traición sino sustitución. La organización que nació para convertir conflicto en poder se transforma en el mecanismo que convierte el conflicto en acuerdo. El conflicto abría, un acuerdo cierra.
Este cambio trae consigo también la sustitución del lenguaje. Los términos sobre los que se construía la dialéctica de clases: explotación, patronal, organización y huelga, han sido desplazados por empleabilidad, resiliencia, vulnerabilidad y acompañamiento. No es un cambio semántico. Es el índice de una transformación más profunda: el paso de la gramática del conflicto a la gramática de la administración. El malestar social deja de ser materia política y se convierte en problema técnico. La demanda colectiva se fragmenta en casos individuales. El trabajador que no llega a fin de mes ya no es parte de una clase que exige: es un perfil de riesgo que requiere intervención. Y la izquierda que asume ese lenguaje sin advertirlo ha cedido, antes de negociar, el terreno más importante; lo único que no se puede recuperar en una mesa es el marco.
En nuestra Asturias, donde la identidad de clase no se aprendía en un sindicato sino en el pozo, el campo, en el alto horno o en el astillero, la reconversión industrial no fue solo el cierre de minas y altos hornos: trajo consigo también el desmantelamiento de una clase organizada. Las marchas de la minería y las huelgas del metal fueron el último momento en que la demanda fue obrera, territorial y autónoma. Una demanda que venía de abajo, que no necesitaba portavoz porque era ella misma su propio lenguaje.
En el proceso de reconversión, la exigencia obrera fue desplazada a la vía muerta de la prejubilación y sustituido su vacío por la solicitud administrativa: fondos de reconversión, planes de dinamización, mesas de diálogo y programas de reindustrialización. La demanda obrera fue disuelta en un expediente y Asturias comenzó a vaciarse sin que nadie convocara una asamblea para decidirlo.
La industria desaparecía. El producto ya no se medía en toneladas de carbón o acero, sino de papel. Llegaron proyectos, convocatorias y dispositivos técnicos gestionados por quienes no sufrían las consecuencias de lo que administraban, de todo se levantó acta. Se pasó de lo tangible a lo intangible, contabilizando lo intangible en papel, confundiendo el debe y el haber. El humo se volvió contable y el papel lo aguantaba todo. Según se fue disipando el humo, las actas se convirtieron en cuartillas vacías sobre las que hoy es imposible ya pedir responsabilidades. Y en ese desplazamiento, la clase obrera dejó de ser parte activa generadora de demanda para convertirse en consumidora de subsidios y ayudas al emprendimiento.
Hoy ya no se precariza solo el empleo, se precariza también la posibilidad de las generaciones que llegan de componer una vida. La imposibilidad de acceder a una vivienda no es sólo un problema del mercado inmobiliario. Es la continuación del mismo proceso por otros medios: destruir las condiciones materiales que permiten pensar en términos de futuro colectivo. Sin horizonte no hay proyecto. Sin proyecto no hay sujeto. Y sin sujeto, la demanda que no encuentra cauce colectivo se convierte en ansiedad individual.
En este marco, Asturias expulsó talento en una leyenda urbana que algunos creyeron. Los que se fueron eran exactamente lo que una región necesitaba y necesita para no morir; los que tenían formación, los que tenían futuro, los que habrían sido el pegamento de lo que quedaba. Se marcharon porque no había motivo para quedarse. Ahora hay programas para que vuelvan. Convocatorias institucionales, misiones a lo Willy Fog, incentivos, oficinas de retorno. Retorno al bucle del plan de dinamización, del emprendimiento, de la digitalización y la reindustrialización.
Hoy el escenario del primero de mayo sigue en pie en valles mineros, montaña, puertos y rías industriales. Las pancartas son año tras año casi las mismas. Las palabras, también.
La pregunta que nos interpela todos los primeros de mayo no es cómo recuperamos el pasado, sino si estamos dispuestos a abandonar la comodidad burocrática de la espera, del papel y la nostalgia para volver a habitar el conflicto donde duele. Porque una izquierda que solo administra el orden existente con mejor conciencia que la derecha, no está transformando nada; simplemente decora la derrota. El reto no es perpetuar la eucaristía de clase, es volver a ser determinantes para el sistema. Y eso solo ocurre cuando la demanda deja de ser un expediente y vuelve a ser voz, una voz coral que no pide permiso, ni lo necesita, para existir.
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