Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Gracias, alcalde

Por Roberto Pérez Pastor16 de junio de 20265 min de lectura

El problema no es que Oviedo apoye al deporte local, sino que el poder convierta ese apoyo en deuda simbólica.

En el plano político de Oviedo asistimos a una secuencia que se repite todos los años con la regularidad con la que se suceden los entrenamientos de pretemporada: la escenificación de las ayudas públicas y las gestiones en materia deportiva como mérito personal del alcalde o su equipo de gobierno.

El problema no es que el Ayuntamiento apoye al deporte local, ya que eso no solo es legítimo, sino necesario. El deporte base, los clubes de barrio, las entidades modestas y, de forma muy especial, el deporte femenino necesitan financiación pública, estabilidad y reconocimiento institucional, y las subvenciones son, precisamente, uno de los mejores instrumentos para ello, porque su gestión responde a principios de publicidad, transparencia, concurrencia, objetividad e igualdad.

El problema empieza cuando esas ayudas dejan de comunicarse como derecho, política pública o inversión social, y comienzan a orquestarse en ceremonias que transforman la transparencia y la gestión en espectáculo y la concurrencia y objetividad en favor, gesto o rescate personal. Ahí se produce un desplazamiento: el dinero público, el dinero de todos los ovetenses, se presenta como si fuera mérito personal del alcalde.

Y eso es posible, en buena medida, porque hay una asimetría que conviene no perder de vista. Los clubes necesitan financiación, instalaciones, permisos, patrocinios y visibilidad institucional. El Ayuntamiento no es, en esa relación, un actor cualquiera; es el actor con poder. Cuando ese poder se privatiza de manera simbólica y se personaliza, el agradecimiento deja de ser espontáneo y adquiere una dimensión estructural que no requiere ningún pacto explícito: nadie quiere quedar mal con quien puede decidir, mediar o influir en futuras ayudas. No hace falta hablar de clientelismo grosero ni de intercambio ilegal para señalar el problema. La instrumentalización más eficaz no es la que se negocia en despachos; es la que se produce en ruedas de prensa, con dirigentes de un club o asociación sonriendo y alcaldes tomando nota de quién agradece y quién no.

Hay una escena en Los santos inocentes que ilumina mejor que muchos tratados esta forma de ejercer el poder. El señorito, rodeado de invitados, llama a Régula, la hace firmar un papel y exhibe el gesto como prueba de su propia bondad ante quienes, desde fuera, podrían juzgarlo. No busca reparar una injusticia; busca que el subordinado certifique públicamente la benevolencia del amo. La escena nos revela que el poder no necesita siempre humillar de forma explícita. A veces le basta con convertir la dependencia en gratitud pública. El dominado aparece entonces no como sujeto de derechos, sino como testigo agradecido de la generosidad del poderoso. Y esto es lo que sucede con el deporte en Oviedo.

El último episodio de este clientelismo simbólico tiene nombre y género: Las Lobas.

Canteli, arrogándose agenda y gestión y cargando el grueso del discurso contra la oposición, anunció el 12 de junio de 2026 que el club había garantizado el capital necesario para poder inscribirse en la Liga Guerreras Iberdrola, gracias a su mediación y a las aportaciones de empresas como Central Lechera Asturiana, Aqualia, Ogensa y FCC, sumadas al apoyo de Alimerka, Ayuntamiento y Principado. El episodio se completó con el agradecimiento público de la presidenta del club por el papel del Ayuntamiento y del alcalde. Un gesto aparentemente inocente, pero que dentro del conjunto opera como una pieza más de una maquinaria que convierte la vulnerabilidad en superficie de inscripción del mérito político propio.

Lo que se describe es propaganda en su esencia más pura: no la mentira tosca, sino la administración sistemática de lo verdadero. La gestión existe, las ayudas existen, el apoyo al club existe. Lo que se fabrica es el marco en que todo eso se lee: el poder aparece como virtud, la obligación institucional como generosidad personal, el derecho y la política pública como favor. Gala tras gala, rueda de prensa tras rueda de prensa, el Ayuntamiento de Oviedo no informa de su gestión, la escenifica. Y la escenifica con una lógica calculada cuya finalidad política es evidente: que la ciudadanía recuerde que fue el alcalde, y no la institución, quien estuvo ahí.

En democracia, el fin de las políticas públicas no es generar deuda personal hacia quien gobierna. Su objetivo es producir derechos, servicios, oportunidades y rendición de cuentas. El dinero público no es un favor del alcalde. La intermediación institucional no es propiedad privada del gobierno municipal. Y el deporte ovetense no debería depender de padrinos, sino de planificación, transparencia y financiación justa.

El caso de Las Lobas, además, deja al descubierto una cuestión de fondo que la épica del rescate deja fuera de campo: la precariedad estructural del deporte femenino. La pregunta importante no es quién salvó al equipo en el último minuto. La pregunta determinante es por qué un club femenino que alcanza la élite necesita una carrera agónica para reunir financiación y poder competir.

Si el Ayuntamiento quiere tomarse en serio el deporte femenino, la salida no es solo la foto del rescate. Pasa porque existan líneas estables de apoyo, criterios públicos, convocatorias claras, evaluación, calendario y compromiso presupuestario. Menos épica del salvador y más política deportiva seria.

La izquierda local no puede responder a esta composición con excusas o desviando el foco a lo que en ese momento no toca. La cuestión es más profunda: debe defender sin complejos el apoyo al deporte y, al mismo tiempo, disputar el marco. Las instituciones no están para fabricar agradecimientos personales, sino para garantizar condiciones justas para todos y para todas.

El deporte ovetense no necesita favores. Necesita derechos, reglas claras y recursos suficientes. Todo lo demás es convertir lo público en escenario de autopromoción y bombo y tratar a la ciudadanía no como sujeto político con derechos propios, sino como figuración al servicio del poder.

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