Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Kelley, Núremberg y la maquinaria de la ilegitimidad

Por Roberto Pérez Pastor1 de junio de 20267 min de lectura

Douglas Kelley examinó a los jerarcas nazis en Núremberg y no encontró monstruos. Encontró una división funcional del trabajo que no requería aberraciones. Solo disponibilidad.

La película Nuremberg, que llega ahora a las plataformas, rescata una figura casi olvidada del frente judicial contra el nazismo tras el final de la segunda guerra mundial: Douglas Kelley, uno de los psiquiatras del ejército estadounidense que examinaron durante meses a los jerarcas nazis encarcelados.

El interés de Kelley no era sólo clínico, iba más allá: quería comprender qué clase de hombres habían hecho posible aquello. Una pregunta que muchos de nosotros, al conocer la historia, nos hemos formulado más de una vez.

La pregunta de Kelley no era moral, aunque tuviera consecuencias morales. Era diagnóstica. No preguntaba simplemente cuánto mal habían hecho, sino cómo había podido organizarse ese mal de manera tan eficaz. Qué tipo de personalidad, qué tipo de lenguaje, qué tipo de obediencia, qué tipo de estructura institucional y cultural habían permitido convertir una sociedad moderna en una maquinaria de destrucción y exterminio.

Cuando volvió a Estados Unidos, escribió 22 cells in Nuremberg, un libro del que podemos hacer dos lecturas. Podemos leerlo como quien ojea el catálogo de una galería de monstruos en un museo de cera, o leerlo como un atlas de anatomía funcional de la normalidad política del mal.

La primera lectura es la que buscamos todos. El monstruo tranquiliza porque separa y nos permite situar el mal fuera de la normalidad, fuera de la administración, fuera de los despachos, fuera de los medios de comunicación, fuera de los comités, fuera de nuestras empresas y fuera del lenguaje cotidiano. La segunda lectura es más inquietante. En ella acompañamos a Kelley mientras despoja a los acusados de su teatralidad histórica para observarlos bajo su prisma, no como aberraciones aisladas, sino como piezas funcionales de un sistema. Y lo que su mirada nos descubre es mucho más incómodo. Los verdugos no eran demonios metafísicos. Eran hombres.

Kelley no dice únicamente que hubo individuos moralmente abyectos. Muestra algo más incómodo: que el mal político necesita y se sostiene en una división funcional del trabajo. Necesita quien produzca el marco ideológico. Necesita quien lo traduzca en lenguaje comprensible. Necesita quien lo venda como sentido común. Necesita quien intimide. Necesita quien excite a las masas. Necesita quien financie, proteja o se beneficie del proceso. Necesita, en definitiva, una arquitectura.

Ese es el hallazgo perturbador de Kelley. La maquinaria nazi no requería monstruos. Requería funciones. Y las funciones podían ser ocupadas por hombres perfectamente reconocibles, socialmente integrados, profesionalmente competentes, incluso aparentemente normales. El problema no lo constituía su rareza antropológica, sino su disponibilidad política. Y el autor no zanja su análisis en la conclusión del juicio o la ejecución de las sentencias, ni clausura el mal bajo la tranquilizadora forma de una derrota histórica. Traslada una pregunta a su propio país: ¿qué significa esto para América?, ¿qué ocurre si las mismas funciones aparecen, con otro lenguaje y en otro contexto, dentro de una democracia que se cree inmunizada por sus instituciones?

La respuesta es una advertencia incómoda: las instituciones democráticas no son vacuna suficiente. Las elecciones, la legalidad formal, la prensa libre o el pluralismo pueden seguir existiendo mientras se degrada el suelo lingüístico, afectivo y moral que sostiene la democracia. Porque los discursos, al principio, parecen sólo discursos. Pero no son inocentes: organizan percepciones, excitan resentimientos y preparan a una sociedad para aceptar como normal lo que antes habría considerado inadmisible.

La pregunta que trasladó a su país tiene coordenadas reconocibles en el nuestro.

España no vive una repetición histórica de los años treinta o cuarenta. Conviene decirlo para no dibujar al adversario en una caricatura en la que no se le reconozca. No estamos ante el mismo régimen, ni ante el mismo contexto, ni ante la misma forma de violencia, ni ante el mismo horizonte histórico. La historia no repite los uniformes con tanta pereza. Lo que se repite, de manera reconocible, no es la escena, sino la lógica funcional que permite degradar una democracia desde dentro.

Toda democracia polarizada produce excesos, simplificaciones y lenguajes de trinchera. Pero no todas las formas de polarización cumplen la misma función ni tienen la misma intensidad destituyente. Hoy un gobierno plural y democrático, legítimamente constituido mediante los mecanismos parlamentarios ordinarios, ha sido convertido por un ecosistema político, mediático y social de oposición frontal en una anomalía moral permanente. No se discute si sus políticas son o no acertadas, si benefician o no a una mayoría. Se discute su derecho a existir como gobierno, y no se le presenta solo como equivocado, contradictorio o vulnerable a la crítica, sino como intruso, usurpador, amenaza, traición o síntoma de decadencia nacional.

Ese desplazamiento no es banal. Una oposición democrática fiscaliza al gobierno, lo combate, lo obliga a explicarse, denuncia sus contradicciones y aspira a derrotarlo en las urnas. Una estrategia de acoso y derribo hace otra cosa: fabrica ilegitimidad. No busca únicamente ganar la siguiente elección, sino impedir que el adversario pueda gobernar mientras tanto. No espera la alternancia: exige la expulsión. No discute el programa: cuestiona la pertenencia del adversario al campo legítimo de la nación.

Cuando la ilegitimidad se fabrica de forma sistemática, gobernar empieza a parecer usurpación. Y ese punto no pertenece ya a la crítica democrática ordinaria. Pertenece a otra lógica y en ella aparecen los roles definidos por Kelley con una claridad inquietante.

Los hacedores de política, que producen el marco de ilegitimidad, que deciden que el gobierno no debe ser leído como una mayoría parlamentaria compleja, plural y negociada, sino como una anomalía que debe ser corregida; son quienes suministran las grandes palabras de cizaña: traición, golpe, dictadura, rendición, humillación, ruptura, emergencia nacional. Palabras demasiado grandes para pensar con precisión, pero muy eficaces para canalizar la discrepancia, el enfado, la desafección y producir obediencia emocional.

Los vendedores que traducen ese marco a formatos consumibles. Editoriales, tertulias, titulares, columnas, vídeos breves, intervenciones parlamentarias, preguntas aparentemente inocentes, bromas y memes calculados, indignaciones seriadas. Su función no es demostrar siempre, sino repetir lo suficiente. No necesitan probarlo todo. Les basta con instalar una atmósfera.

Los ejecutores del hostigamiento (los “pistoleros” en la tipología funcional de Kelley). Actores que convierten la política en procedimiento punitivo, la denuncia en espectáculo, la institución en arma, la sospecha en método y el desgaste en estrategia. No disparan sobre cuerpos; disparan sobre las condiciones mismas de la legitimidad democrática que nos sostiene.

Los alborotadores que mantienen encendida la calle emocional y la red social. Su tarea no es argumentar, sino elevar la temperatura. No buscan convencer al adversario, sino excitar al convencido y amordazar al crítico mediante el ruido y el miedo. Transforman cada noticia en prueba definitiva, cada matiz en cobardía, cada pacto en traición, cada discrepancia en amenaza existencial.

Los hombres de negocios. Aquí no hace falta imaginar una conspiración centralizada. Basta con una convergencia de intereses que descubra que la crispación también puede ser rentable. Intereses materiales, empresariales, mediáticos o corporativos que entienden perfectamente qué se juega cuando un gobierno plural altera equilibrios y regula espacios de poder o amenaza posiciones adquiridas. No siempre aparecen en primera línea. Tampoco lo necesitan. Su función consiste en sostener, financiar, proteger y rentabilizar el ecosistema.

Y finalmente, la figura del jefe. No necesariamente como un individuo único, sino como principio de orden simbólico. Una promesa de mando. Una nostalgia de autoridad. Una fantasía de restauración. La idea de que todo este ruido encontrará sentido cuando alguien llegue, limpie, expulse, derogue, ordene y devuelva el país a quienes se consideran sus propietarios naturales.

Los nombres importan menos que las funciones. El problema no es que una persona concreta diga una barbaridad, que un medio concreto exagere, que un agitador concreto incendie una red social o que una organización concreta judicialice la política. El problema es que todas esas piezas, juntas, producen sistema. Y cuando los roles están cubiertos, la maquinaria puede funcionar.

Kelley miró a Núremberg y no vio únicamente el final de una pesadilla europea. Vio una advertencia. No hace falta una mayoría para doblegar a un país. Basta una minoría suficientemente intensa, suficientemente coordinada y suficientemente desinhibida.

Cuántas de esas funciones ya están ocupadas, cuántas palabras contaminadas circulan, cuánto tiempo puede resistir una democracia cuando quienes la atacan han entendido mejor que quienes la defienden que las reglas nunca se defienden solas.

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