Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

La física en el ejercicio de la política

Por Roberto Pérez Pastor29 de junio de 20267 min de lectura

De la discusión de un proyecto a la carrera de monoplazas

Los sistemas políticos y sociales comparten con los físicos al menos una tendencia: sin el aporte de energía, el orden se deteriora y tiende al caos. El orden no es un estado natural, sino el resultado del trabajo y la energía invertidos de forma sostenida. Programa, debate, síntesis y proyecto compartido. Cuando esa energía falta o el trabajo no es suficiente, el orden se altera y el sistema tiende a disiparse, al desorden. El resultado en una organización política que ya no tiene ni músculo ni energía, que ha ido perdiendo las fuerzas en la dinámica de una constante renovación centrada en su propio ombligo, es siempre el mismo: cada proceso interno deja menos que el anterior.

Algunas agrupaciones llevan años demostrando esa ley con una fidelidad que hubiera satisfecho a cualquier físico. Cada proceso de elección interna ha producido el mismo resultado: más fractura, menos participación, ninguna síntesis. No porque los protagonistas fueran especialmente torpes o especialmente malintencionados, sino porque llegaron a cada proceso sin la única cosa que permite que un proceso interno genere orden y permita encauzar energías: un proyecto que poder integrar.

Murphy se aventuró a predecir que la tostada, siempre que cae, toca el suelo con la parte de la mermelada; si algo puede salir mal, saldrá mal. Posteriormente, alguien se aventuró a decir que Murphy era demasiado optimista; el tema no es que las cosas, si pueden salir mal, salgan mal, es que, por lo general, salen peor de lo que cabía prever. Si hay una pelusilla en el suelo, hay que considerar como seguro que la tostada caerá sobre ella del lado de la mermelada. Este corolario se lleva demostrando a lo largo del tiempo en algunas agrupaciones, como la de Oviedo, en cada convocatoria interna: no es que todo lo que pueda salir mal cara a un proyecto de empoderamiento ciudadano salga mal, es que sale peor de lo que cabía prever, porque el siguiente proceso surge por contraposición, en un ejercicio de adanismo continuado, heredando las fracturas de los anteriores sin cerrar ninguna.

Lo ilustra con claridad el proceso de elección de la última ejecutiva, donde una lista que incorporó en su composición a una proporción significativa del propio censo electoral obtuvo, en el proceso de ratificación, un respaldo que apenas superó el sesenta por ciento. En una organización con músculo, ese dato sería una señal de alarma. En una organización que ya ha normalizado su propia disipación, es simplemente la temperatura del sistema: ni siquiera el apoyo está garantizado cuando la lista ya es el electorado.

Hay además un efecto que estos procesos producen por su propia concepción: el estancamiento. En la cinemática de los partidos, el espacio que recorre una organización es igual a su velocidad por el tiempo. Sin embargo, en las convocatorias que se programan, los tiempos son tan fugaces que anulan cualquier posibilidad de movimiento, de debate o propuesta sólida, en definitiva, de recorrer y afianzar espacios. Cuando el tiempo útil se reduce al mínimo, el desplazamiento de la organización tiende inevitablemente a cero. Y una organización que se disipa en estado de reposo es, en el fondo, una organización que agoniza.

La oposición municipal sigue esta misma lógica, con el agravante de que los tiempos los marca el contrario. Una fiscalización sostenida, técnicamente competente en sus mejores momentos, construida sobre la denuncia y el titular, pero sistemáticamente ausente en los momentos en los que la política se juega de verdad: los presupuestos, la planificación urbana, los marcos que determinan durante años quién puede vivir dónde y en qué condiciones. No cabe duda de que se puede fiscalizar sin proponer, se puede denunciar sin construir. Pero una oposición que solo fiscaliza no acumula poder, tan solo acumula expedientes. Y los expedientes no ganan elecciones ni transforman ciudades.

Cuando una organización política pierde la capacidad de generar proyecto, pierde también la capacidad de integrar. No es una consecuencia evitable: es una consecuencia estructural. El proyecto es lo que convierte la suma de individuos en un colectivo con dirección. Sin él, lo que queda no es una organización: es un agregado de posiciones que compiten por ocupar el mismo espacio.

El poder visto desde esa perspectiva es monoplaza. Si lo que se disputa no es un programa sino una posición, no hay forma de compartirlo sin vaciarlo. La integración no falla por falta de voluntad: falla porque integrar exige ceder algo que, en ausencia de proyecto, es todo lo que hay.

Esto explica el patrón que se repite con la regularidad de una ley física: cada proceso interno produce amputación, nunca síntesis. Los que pierden no se incorporan: se van, se distancian o permanecen como un peso muerto, el eco de un apellido fantasma, que el sistema arrastra sin terminar de metabolizar y que contamina. El siguiente proceso hereda ese lastre más la nueva fractura, en una acumulación que no tiene mecanismo de corrección porque el mecanismo de corrección, el proyecto, es precisamente lo que se ignora, clausurando así el único espacio donde poder confluir limpiamente.

En cualquier organización o grupo que busque la cohesión, no por lo que se afirma, sino por lo que se rechaza, funcionará mientras dure el adversario común: en cuanto este desaparece, el grupo se descubre sin razón de ser propia. Lo que se viene viviendo en algunas agrupaciones, como la de Oviedo, es que cada victoria no es más que el descubrimiento de que se ha ganado un sitio sin saber muy bien para qué; se ha logrado capitanear algo sin haber decidido nunca destino; derrotado el adversario, el nosotros se disuelve y quedan los individuos: solos, sin pegamento, cada uno con su ombligo como único proyecto: desorden.

Se ha abierto un nuevo proceso interno. No hace falta ser un analista político perspicaz; basta con aplicar la estadística del desastre que el propio historial de la agrupación lleva validando en cada asalto. Las señales no apuntan a la aparición de esa energía capaz de revertir el desorden. Al contrario: el escenario se configura, una vez más, como la enésima reedición de dinámicas reactivas: los mismos pilotos, los mismos monoplazas. La tostada vuelve a estar en el aire, y el suelo de la agrupación sigue cubierto por los restos no metabolizados de los procesos anteriores; el pronóstico no es una incógnita: es una certeza física. La tostada caerá, y sabemos exactamente qué lado impactará contra el suelo.

Este mecanismo no tiene excepciones. Un sistema que no recibe energía no recupera el orden perdido: lo que se disipa no se recompone solo. La pregunta no es si el proceso de disipación puede continuar. Puede; es pura inercia. La pregunta es si hay alguien dispuesto a hacer el trabajo que lo detenga, no solo a gestionar los tiempos en el calendario.

Ese trabajo tiene un nombre en política, la palabra más glamurosa de los discursos y la más ignorada en los hechos: proyecto. No el documento que se aprueba en un congreso y se archiva. El proyecto como pregunta previa a cualquier candidatura: para qué queremos el poder, qué ciudad queremos gobernar, a quién queremos representar, con qué medios y qué tarea se encomienda a cada uno de nosotros y qué compromisos adquirimos con esa encomienda. Sin esas preguntas respondidas antes de que empiece el proceso, lo que viene después no es una elección, es una nueva imposición. Una confrontación de fuerzas e intereses entre posiciones que volverán a cohesionarse por exclusión, a sumar contra en lugar de sumar para, a producir el mismo resultado que se lleva años produciendo.

Los últimos procesos internos han dejado una agrupación más pequeña, más fragmentada y más exhausta que la anterior. El contexto, las personas y los huecos siguen siendo los mismos; las variables no han cambiado. No hay razón física ni política para que el siguiente sea distinto, a menos que decidamos y exijamos que esta vez el trabajo previo se haga.

Eso exige energía. Y la energía, tanto en política como en física, no aparece sola. Cuando renunciamos a la fuerza gravitatoria de un proyecto colectivo propio, la organización deja de ser sujeto político para convertirse en pura inercia: un plano inclinado hacia la irrelevancia donde la fricción de los ombligos termina por consumir los últimos restos del sistema.

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