Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

La política en busca de sentido

Por Roberto Pérez Pastor12 de septiembre de 20254 min de lectura

La post-política vacía de propósito a los partidos: las asambleas informan, las élites deciden y las bases aplauden. El partido lejos de transformar, solo gestiona la rutina.

Para Freud, desde los sesgos de razón que le proporcionaban sus adicciones y la obsesión por lo sexual, lo que impulsaba al ser humano era el principio del placer, el impulso de buscar la gratificación inmediata y evitar el dolor. Para Adler, cuyo complejo de inferioridad, en un arrebato de superioridad, le llevó a distanciarse de Freud, era la búsqueda de poder, primo hermano del placer, el motor de la existencia humana. Maslow otorgó una dimensión humanista a la voluntad humana, y para él, tras cubrir la dimensión básica más fisiológica (como alimentarse o reproducirse) el hombre encamina su voluntad hacia la autorrealización.

Pero, frente a esta dialéctica, es Nietzsche quien intuye, antes de caer en la más profunda de las locuras, que es el sentido el verdadero motor de la existencia: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo” y es sobre este pensamiento sobre el que Viktor Frankl hace pié para formular su hipótesis, empíricamente demostrada durante su condena a nuda vida en los campos de concentración nazis.

Frankl observó que cuando se arrebatan al ser humano las fuentes de placer y las necesidades básicas, lo que permanece es la capacidad de encontrar un propósito, y es la consecución de ese propósito lo que nos mueve.

En cierto modo, las organizaciones (partidos políticos, asociaciones, movimientos sociales, empresas…) conforman entidades con un “sentido colectivo”, una misión compartida, un catecismo ideológico, que motiva a quienes las integran y les identifica como individuos que se reconocen. Las organizaciones y en especial los partidos políticos, por su potencial para la transformación social, son espacios de intersección donde la búsqueda de sentido de quienes los componen se alinea con una causa mayor común que les cohesiona.

Viktor postula que el vacío existencial surge cuando falta un propósito claro, y que el pensamiento reflexivo y profundo permite descubrirlo, incluso en la adversidad. Esta falta de propósito también genera el mismo vacío en las organizaciones.

La post-política caracterizada por autores como Zizek, nos dibuja los ejes del contexto sociopolítico actual, donde se excluye lo antagónico y el conflicto que constituye lo político, en aras de un consenso tecnocrático y de la gestión desde el pragmatismo; donde se orillan los grandes proyectos ideológicos que sostienen visiones y futuros alternativos. La función que se dibuja es de índole cortoplacista, donde la gestión populista y paliativa (a una y otra orilla del espectro ideológico) desplaza a la gestión sistémica necesaria para erradicar los problemas de raíz. En esta escena “post-apocalitica”, la ética política se sustituye por valores morales, en ocasiones confesionales y alejados del laicismo, y reaparecen los discursos y gestos reaccionarios en las instituciones poniendo en riesgo y amenazando los derechos y avances conseguidos.

Paralelamente, en este escenario, se anulan paulatinamente la voz y los mecanismos que favorecen el pensamiento reflexivo y crítico en los partidos políticos; la herramienta que traza el camino y capacita su búsqueda de propósito, en su caso, ideológico. Las asambleas pasan a tener carácter exclusivamente informativo, no deliberativo; los periodos de renovación se acortan, se laminan discrepancias y la reflexión se reduce al recuento de votos y a esconder el fracaso de participación en pomposos porcentajes que falsean la representatividad. El proyecto de futuro en los congresos políticos no surge desde la base sino que viene dado desde la élite que gobierna, desde el escenario de la post-política: pragmático, cortoplacista y populista. Así la organización acaba vaciada de contenido, de propósito, de ideología y se convierte en un instrumento para el mantenimiento de una élite que vive instalada profesionalmente en el ejercicio de la post-política, sin sentido ni trasfondo ideológico o transformador, centrada en la gestión de lo cotidiano, de lo común, sin aportar valor añadido al propósito vital de los ciudadanos.

La inaccesibilidad a la vivienda, la precariedad laboral, la desigualdad, la degradación de la sanidad pública y la educación o la amenaza de un futuro incierto por el cambio climático y la sostenibilidad de las pensiones, los problemas, no pueden entenderse únicamente como algo circunstancial.

La gestión tecnocrática y de consenso en la que se mueve la post-política tiende a neutralizar estos problemas bajo el paraguas del conformismo, de la autocomplacencia y de lo inevitable. Interesa su cronificación para el negocio neoliberal; solo de esta manera la vivienda se convierte en un bien de especulación más que en un derecho, el empleo en un espacio de precariedad más que de emancipación, y la salud en un servicio tensionado por los recortes más que en un pilar para la vida digna en marco del estado del bienestar.

Por ello resulta imprescindible abrir debates genuinamente políticos -no solo técnicos- que recuperen la centralidad del conflicto político y una dialéctica centrada en los horizontes de futuro. Es necesario repolitizar la esfera pública, devolver la política a los espacios comunes donde la ciudadanía pueda desempeñar un papel activo y ser algo más que beneficiaria de bonos o sujeto de encuesta. Y, más que nunca, es imperativo fortalecer los mecanismos deliberativos dentro de los partidos y las organizaciones políticas, dar voz real a las bases y no reducir la democracia interna a simples procesos de recuento de papeletas o “me gusta” en redes sociales.

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