Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

La sistematización de la vida

Por Roberto Pérez Pastor12 de junio de 20264 min de lectura

O cómo se clausura la deliberación bajo el consenso administrativo.

Jürgen Habermas, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2003, murió el 14 de marzo de 2026. Este texto es consecuencia de esa noticia que sin querer catalizó el repaso de su obra. Habermas y Bourdieu se aproximaron al mundo desde orillas opuestas: donde uno veía campos de fuerza y capital simbólico, el otro veía conversación posible y razón compartida. Creo que el pensamiento que habita en La Escandalera debe más a Bourdieu que a Habermas. Pero hay preguntas que solo se pueden responder desde la orilla contraria.

Hay dos maneras de habitar el mundo.

La primera como un entramado de significados compartidos, de conversaciones que construyen sentido y de acuerdos alcanzados mediante el reconocimiento mutuo. La segunda como un sistema de engranajes interdependientes cuya única gramática es la eficiencia y cuya lógica no necesita ser comprendida, sino tan solo ser administrada.

Jürgen Habermas, que defendió la democracia no como equilibrio de fuerzas, sino como una conversación moral que nunca debería darse por perdida, llamó a la primera de ellas el mundo de la vida y a la segunda simplemente sistema.

Advirtió además con una precisión que el tiempo no ha desmentido que el sistema tiende a colonizar el mundo de la vida, a sustituir la acción comunicativa por la racionalidad estratégica, la legitimidad por la facticidad, el entendimiento por la función.

Desde el marco que él trazó resulta hoy difícil no reconocer que la colonización del mundo de la vida por el sistema es reproducida, con especial eficacia, precisamente por quienes han hecho del combate al sistema su principal capital político, generando formas de violencia institucional cuya crueldad se enmascara bajo el discurso de la gestión.

Hace ya tiempo que, cuando la política asume responsabilidades de gobierno, también aquella que pensábamos algunos a salvo de esa deriva, se produce un desplazamiento casi imperceptible donde el lenguaje del compromiso político se sustituye paulatinamente por el lenguaje de la gestión. Los verbos cambian: ya no se transforma, se implementa; ya no se debate, se traslada; ya no se convence, se comunica. La racionalidad comunicativa cede su lugar a la racionalidad instrumental y el discurso queda reducido a herramienta de legitimación de lo ya decidido, no como proceso de construcción colectiva de lo que debe decidirse.

En ese proceso, el discurso se instrumentaliza y se vacía de contenido semántico. Aunque en la forma sigue siendo el mismo: igualdad, justicia, ciudadanía y diálogo, ha perdido su función constitutiva y ya no convoca a un proyecto compartido, sino a bendecir una gestión, a validar una imagen, al aplauso sin supervisión efectiva ni rendición de cuentas.

El ciudadano y el militante llano que lo escucha, aunque no tenga vocabulario para nombrarlo, lo percibe. Intuye que ya no se habla con él, sino a él; que no se le reconoce como interlocutor, sino como destinatario; que el espacio público y político, también el del partido, ha sido secuestrado ya no para construir acuerdos, sino como escaparate para exhibir modelos y resultados.

Eso es la desafección; no una patología del electorado ni de la militancia, no una consecuencia de las redes sociales, ni de la polarización, ni de ninguna otra categoría tranquilizadora o perturbadora. Es la respuesta racional de quien ha comprendido, aunque sea inconscientemente, que la deliberación ha sido suspendida. Que el sistema ha ocupado el lugar que correspondía al mundo de la vida.

El problema se agrava cuando quienes se decían alternativa tampoco recuperan el registro comunicativo. Porque entonces el vaciamiento se completa: en el gobierno, el discurso sirve para justificar; en la oposición, para atacar y en ninguno de los dos momentos sirve para construir sentido.

La esfera pública y política interna de los partidos, que debería ser el espacio donde la legitimidad democrática se produce y se renueva, queda reducida a un campo de posicionamiento estratégico. El poder habla el lenguaje del poder y de los números, y la alternativa al poder también. La dialéctica emancipadora anulada.

Lo que se pierde en ese proceso no es solo la confianza en tal o cual partido, en una u otra ejecutiva, en uno u otro equipo de gobierno o grupo municipal. Se pierde la idea de que la política puede ser un modo de entendimiento colectivo. Se pierde la convicción de que las normas que nos gobiernan derivan su autoridad de un proceso deliberativo genuino y no de la correlación de fuerzas entre intereses organizados y el fruto del hipertacticismo. Se pierde, en definitiva, la distinción entre validez y facticidad: entre lo que es legítimo porque ha sido acordado mediante razones y lo que simplemente es porque alguien tiene el poder suficiente para imponerlo.

Cuando esa distinción desaparece, no hay reforma posible que la restaure desde arriba. Pero el mundo de la vida no desaparece: se retira. Espera. Y a veces, en los lugares menos administrados, en una asamblea que nadie convocó desde el poder, en una conversación que no figura en ningún acta, vuelve a ocurrir algo parecido a la política.

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