Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Las fosas del silencio

Por Roberto Pérez Pastor26 de junio de 20268 min de lectura

Experiencias sin nombre, memorias sin relato y vacíos que aún gobiernan lo pensable. Hay fosas que no se abren con una pala.

El bando franquista capturaba prisioneros republicanos, evaluaba su grado de compromiso político y, a quienes consideraba recuperables, los reciclaba como soldados propios. Eran empujados a primera línea de fuego, para el desgaste de munición enemiga; carne de cañón con uniforme ajeno. No eran colaboradores. No eran traidores. Eran víctimas de una maquinaria que había convertido su cuerpo en recurso militar.

Contra toda expectativa razonable, algunos volvieron. Pero volver era llegar a ningún sitio. En el relato de vencedores y vencidos, no había categoría, lugar o capítulo para ellos. No había comunidad que los recibiera sin la pregunta implícita que nadie formulaba en voz alta, pero que organizaba cada mirada. Con los vencidos no podían reclamar solidaridad plena: habían vestido el uniforme contrario, aunque fueran forzados. Con los vencedores no podían integrarse sin borrarse: el aparato represor conocía perfectamente su origen, los había clasificado, fichado, evaluado, y esa información seguía activa mucho después de que terminara la guerra.

Doblemente marcados y estigmatizados. Sin lugar en ningún relato.

Su historia no es solo la historia de una injusticia particular. Es una lente que permite ver algo más amplio: un mecanismo que el franquismo instaló en la sociedad entera. El silencio que estos hombres trajeron a sus casas no fue únicamente la consecuencia psicológica de lo que les había ocurrido, de lo que fueron obligados a vivir. Fue la forma más visible de algo que afectó a todos los que se quedaron: a los represaliados directos, a sus familias, a los vecinos que no se habían significado con ningún bando, a quienes simplemente buscaban vivir. El silencio no fue solo el resultado de la represión. Se convirtió también en su instrumento de continuidad. Una forma de gobierno.

No hubo un decreto que lo ordenara; la represión funcionó como garantía. El silencio se instaló por sedimentación: cada denuncia de un vecino, cada depuración de un maestro, cada fusilado cuyo nombre no podía pronunciarse en voz alta, cada conversación que se interrumpía cuando alguien se acercaba, fue depositando en la sociedad española y sus familias la certeza de que hablar tenía un coste que no siempre se podía pagar.

Esa certeza no discriminaba, aunque sus consecuencias no fueran las mismas para todos. Afectó al represaliado directo, que sabía exactamente lo que tenía que callar; afectó a su familia, que aprendió a no preguntar para no cargar con lo que no podía soportar; y afectó al vecino que no se había significado con ningún bando, que había intentado simplemente vivir, y que descubrió que la neutralidad no era una posición reconocida: también a él se le exigía silencio, también sería sospechoso si se nombraba la realidad en voz alta.

El franquismo no podía perseguir a todo el mundo, pero hacía suficientemente visible lo que ocurría a quien era perseguido. La ejecución del procedimiento no construyó una sociedad de delatores. Construyó algo más eficaz: una sociedad que aprendió a delatarse a sí misma antes de que nadie le preguntara.

En las casas, el silencio impuso su autocensura en el cancionero, en los nombres, en las lecturas. No se guardaban ciertas fotografías donde pudieran verse. No se respondía con sinceridad a determinadas preguntas, ni siquiera cuando las hacían los propios hijos. El silencio censura. También protege. Pero esa protección contamina la memoria con vacíos. Ausencias que no tienen símbolo ni significado con el que razonar y que, si en algún momento reaparecen, lo hacen sesgadas como disculpa para no romper la armonía de un secreto.

Eso no fue la cicatriz del franquismo. Fue y aún sigue siendo su obra más duradera.

El silencio se hereda, pero no como recuerdo, no como una narrativa que se puede examinar, discutir o refutar, sino como una ausencia estructural en el mapa cognitivo de las generaciones siguientes. Los hijos y nietos de quienes vivieron bajo ese silencio no recibieron una historia censurada. Recibieron una historia con agujeros que nadie señalaba, y construyeron su identidad aprendiendo a sortearlos, evitando caer en ellos.

Eso tiene consecuencias que van más allá del dolor privado. El pensamiento opera con categorías; razona con símbolos, con representaciones, con palabras que anclan la experiencia y permiten procesarla. Cuando una categoría entera ha sido suprimida durante generaciones —no discutida, no refutada, sino directamente silenciada—, el pensamiento no la encuentra disponible. No puede usarla. No puede razonar con ella ni contra ella. El hueco se percibe. Duele. Pero no encuentra nombre con el que volverse tangible, ni representación con la que poder operar. Aun así, el vacío organiza. Condiciona. Determina los límites de lo pensable sin que nadie haya trazado esos límites en voz alta, sin que nadie lo haya nombrado.

Las familias que callaron no eligieron empobrecer a sus hijos. Eligieron protegerlos. Pero la protección transmitida como silencio produce exactamente lo que el franquismo necesitaba que produjera: ciudadanos incapaces de razonar sobre lo que nunca tuvo nombre para ellos. El daño no fue solo psicológico. Fue epistemológico.

El pensamiento, en su naturaleza, aborrece el vacío y tiende a llenarlo con lo que encuentra disponible. Durante décadas, lo que encontró disponible fue el relato de los vencedores. No porque fuera verdadero, sino porque era el único que ocupaba el espacio público, el único que tenía monumentos, fechas conmemorativas, nombres en las calles, presencia en los libros de texto. El silencio de unos y la palabra de otros operaban en territorios distintos: uno en el espacio doméstico, privado, inarticulado, y el otro en el espacio común, visible, institucionalizado.

Cuando las generaciones que no habían vivido el miedo comenzaron a hacer preguntas que sus padres no podían responder, los vacíos se hicieron visibles por primera vez. Visibles, no resueltos. El vacío tenía forma. Esa es la generación que busca en los archivos, que tramita expedientes de reconocimiento, que pide que se abran las fosas. No solo se busca a los muertos, se busca llenar los propios vacíos. Porque devolver un nombre, una historia o un cuerpo es una operación cognitiva que devuelve al pensamiento una categoría que le fue robada antes de que pudiera ser usada. Cuando ese proceso se obstaculiza, los vacíos no esperan. La política administra los huecos.

El silencio no se sostiene solo. Necesita cómplices.

Ningún silencio de todos los que no encajaban en alguno de los dos relatos disponibles tiene expediente: el represaliado que sobrevivió, la familia que no se significó con ningún bando, el vecino que simplemente intentaba vivir. Ninguno será objeto de reconocimiento institucional a pesar de haber sido víctimas; el daño que transmitieron a sus descendientes es parte de la misma herida.

La figura del soldado forzado republicano es solo una expresión más de esa categoría histórica que no puede existir porque su existencia contradice simultáneamente los mitos fundacionales de ambos polos del espectro político. Para la derecha heredera del franquismo, reconocerla implica admitir que el apoyo popular al Movimiento no fue adhesión, sino producto del terror y la coerción, destruyendo la legitimidad retrospectiva del régimen. Para la izquierda que negoció su reinserción democrática, abría preguntas incómodas en un momento en que sus protagonistas presumían una genealogía de resistencia sin fisuras ni contradicciones.

La Transición no trajo ese reconocimiento porque su existencia no convenía a nadie con poder de nombrarla. La Ley de Amnistía de 1977 no solo perdonó: también permitió no nombrar. Los partidos de izquierda firmaron ese pacto con la misma pluma que los herederos del franquismo, calculando que el coste de la justicia histórica superaba el beneficio en un contexto de amenaza militar real. Puede que tuvieran razón en ese cálculo en aquel determinado momento, pero lo que no pueden es seguir presentándolo como virtud democrática cincuenta años después.

El silencio, en este caso, no fue omisión historiográfica ni indiferencia política. Fue funcional y sirve a quienes aún lo sostienen. Y esa funcionalidad explica por qué, décadas después, seguimos sin tener un nombre, un reconocimiento institucional, un lugar en el relato colectivo para todos los hombres y mujeres que vivieron sus vidas cargando con algo para lo que no existía lenguaje.

España lleva décadas construyendo su relato memorial sobre las fosas visibles. Las que tienen nombre, las que tienen expediente, las que tienen una asociación que las reivindica y una ley que las ampara, aunque sea insuficientemente. Es un trabajo necesario e inacabado. Pero hay otras fosas. Sin cuerpos. Sin registro. Sin posibilidad de exhumación porque lo que contienen no es materia, sino ausencia: vacíos cognitivos, huecos biográficos, silencios transmitidos durante generaciones.

Los vacíos generan miedo y del miedo se alimentan los monstruos. No los monstruos de la historia, que ya tienen nombre y archivo, sino los que crecen en los espacios que deja una memoria incompleta. Los que encuentran eco entre quienes, para refutar barbaridades, solo encuentran la nada que dejó el silencio. Sobre ese vacío es imposible construir contraargumento eficaz.

Hay fosas en nuestra reciente historia que no se abren con una pala. Se abren con el reconocimiento de que el daño del franquismo fue más extenso, más profundo y más duradero de lo que ningún expediente puede contener, y que aún habita en el vacío de todas nuestras biografías. Un vacío que día a día, titular tras titular, consigna tras consigna, sigue esperando ser llenado. Con memoria o con otra cosa. Con Franco se pensaba mejor.

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