Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Santos y Difuntos

Por Roberto Pérez Pastor3 de noviembre de 20254 min de lectura

Lucha de clases, teología y desigualdad más allá de la muerte

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Antes de que la globalización y la democracia desdibujaran el calendario sagrado, cuando la Iglesia aún sostenía las riendas del devenir en materia moral y espiritual del Estado, por estas fechas, dos eran los días señalados en el calendario del mes de noviembre: El 1 de noviembre, día de todos los santos y el día 2 dedicado a todos los difuntos.

El día de todos los Santos, el 1 de noviembre, es una celebración muy solemne donde se festeja a todas las personas que han alcanzado la santidad y gozan de la presencia de Dios en los cielos. Es una celebración de la vida eterna, de la gloria divina y el triunfo espiritual alcanzados.

El día de difuntos, el 2 de noviembre, está dedicado a rezar por todas las almas de los ya difuntos, especialmente aquellas que se encuentran en el purgatorio, es decir, que aún no han alcanzado la plena unión con Dios según la teología católica. No se celebra ninguna gloria alcanzada, sino que a través de la oración se anhela la esperanza de la misericordia de Dios para aquellos que aún necesitan purificación.

La primera fecha es “fiesta de guardar”, mientras que la segunda… bueno: poco hay que celebrar, como decimos no se ha alcanzado la gloria, a lo sumo el acceso a la terminal del purgatorio, a la espera de alguna plaza libre que nos catapulte a la gloria, a la diestra de Dios, cosa difícil pues conforme pasa el tiempo más difuntos, más competencia y mayor hacinamiento en el purgatorio.

La evidencia teológica que sale de estas dos fechas, es que la lucha de clases no es algo terrenal o algo que se haya inventado con el marxismo, es algo que se hace también tangible después de la muerte. Parece ser que cuando llega la hora, unos alcanzan la gloria y otros han de seguir esperando por ella, a unos se les celebra y otros acabarán cayendo en el olvido con el tiempo, desahuciados en eso que llaman purgatorio, en estado de suspensión divina, supongo que a oscuras, porque no creo que el rostro de dios se pasee por el lugar a iluminar nada, rodeado en su cielo de tantos y tantos aduladores que por él viven sin vivir en sí, de su alta gloria alcanzada.

No cabe duda que la teología también tiene su proletariado: los olvidados del purgatorio, aquellos que apenas merecen una oración, lo que resta, las sobras, de la gran celebración del día anterior. Y así es como la iglesia, también se beneficia de la plusvalía de nuestras oraciones, desterrando a los pobres de espíritu y glorificando a quienes menos lo necesitan por haber alcanzado ya los privilegios del cielo.

No podría afirmar si fue Dios quien nos hizo a su imagen y semejanza o si fuimos los hombres quienes imaginamos a Dios a imagen y semejanza nuestra, pero creo más bien lo segundo. Solo así se explica la violencia que inspira y se deriva de su adoración y se perpetúen las diferencias entre los que se creen elegidos, ungidos de su espíritu, moralmente superiores y los que deciden en un momento dado explorar y seguir su propio camino.

El delirio de la deshumanización del prójimo, del moro, del palestino, del rojo previo a su martirio, hunde con demasiada frecuencia su justificación moral en los renglones de los sagrados libros que dicta el mismo Dios, no importa el que sea. El reaccionario discurso de virtudes y normas que brota de ellos no es fruto de una demanda divina, al contrario responde a los intereses y pulsiones más bajas de la naturaleza humana.

Hay quienes no necesitamos promesas de eternidad para darle sentido a la vida, nos basta con tener conciencia plena de nuestra finitud y la posibilidad de elegir con dignidad y en ello basamos nuestro compromiso. La moral no desciende de los cielos, brota de la misma tierra que pisamos, de la experiencia compartida, del sufrimiento y la esperanza de los hombres y mujeres comunes. La salvación se encarna en el pensamiento crítico y libre, y la compasión humana; no espera recompensa ni castigo. La redención no reside en el juicio de ningún intangible ubicuo e inmanente, sino en la capacidad colectiva de imaginar un mundo donde nadie necesite “ser santo” para ser reconocido y digno.

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