Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Soma y bota

Por Roberto Pérez Pastor19 de junio de 20267 min de lectura

Dos lógicas distintas que producen el mismo resultado: una sociedad cada vez menos capaz de tocarse a sí misma.

En octubre de 1949, Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz, recibió un ejemplar de 1984. Lo leyó y escribió a su autor. La carta empieza con un elogio y termina con una corrección: el libro es brillante y profundamente importante, pero equivocado no tanto en el diagnóstico como en el método. El poder del futuro no necesitará siempre porras ni mazmorras; aprenderá que es más eficiente enseñar a la gente a amar su servidumbre que obligar a sufrirla.

Treinta y dos años antes, Huxley había sido profesor en Eton de Eric Blair, el mismo que luego firmaría como George Orwell, y en aquella carta, el maestro corregía una vez más a su alumno: no te equivocas en el destino, te equivocas en el camino.

Huxley y Orwell habían visto lo mismo desde lugares y perspectivas distintas. El primero, desde California, desde su interés por la conciencia y el condicionamiento y desde una posición social que le permitió observar el poder sin padecer su peso más brutal; Orwell, desde las trincheras del frente de Aragón y la Barcelona revolucionaria, desde la burocracia colonial birmana y desde una pobreza deliberadamente habitada. Dos miradas sobre el mismo problema: cómo el poder destruye la libertad. Dos respuestas que durante décadas se trataron, y aún se siguen discutiendo, como alternativas en tertulias y universidades.

Es inevitable preguntarse, si uno lee ambos libros, cuál de los dos tiene razón: si el poder resulta más efectivo cuando se abre paso con la bota o con el soma, con el miedo o con el placer. La pregunta, en sí misma, parece fácil porque se trata solo de elegir bando: los que temen a Orwell y los que temen a Huxley. Pero quizá en esa elección esté la trampa: ¿y si la bota y el soma no son, en realidad, sino dos instrumentos para una misma operación política? El mismo asalto, pero con distinto armamento.

Porque lo que los dos sistemas atacan no es solo la libertad formal ni el catálogo de derechos que las constituciones enumeran y los gobiernos administran. Lo que atacan es algo anterior y más frágil: el substrato que nos hace humanos, el mundo de la vida, el tejido de vínculos, significados y marcos compartidos sobre el que descansa cualquier forma de existencia colectiva. Lo que hace posible que dos personas que no se conocen puedan, sin embargo, reconocerse.

El terror novelado por Orwell destruye el mundo común introduciendo la sospecha y la violencia en el interior mismo de los vínculos. Si el otro puede ser un delator, la confianza se vuelve peligrosa. El vínculo no desaparece por prohibición: se contrae por cálculo de supervivencia. Cada relación, al pasar por el filtro de la vigilancia, sale empobrecida. La complicidad necesaria para reconocer al otro y construir significados compartidos queda siempre contaminada por el efecto de la mirada: basta con sentirse observado para que la conducta se discipline, la palabra se calcule y la intimidad empiece a retirarse.

El soma de Huxley destruye ese mismo mundo común por otra vía: introduce la autosuficiencia. Si el placer es completo y está garantizado, el otro se vuelve innecesario. La solidaridad no se prohíbe, se vuelve superflua. El vínculo no se rompe por miedo, sino por desidia, que es una forma de ruptura más difícil de identificar y más difícil de combatir.

Dos mecanismos opuestos. El mismo territorio arrasado. Una sociedad de individuos que han perdido no la libertad de asociarse, sino algo previo: la disposición a hacerlo.

Gran parte de la izquierda institucional lleva décadas operando dentro de la lógica huxleyana sin reconocerlo. No administra el miedo: administra el malestar. Su horizonte ya no es la transformación de las estructuras que producen el daño, sino la reducción de sus efectos más visibles: el subsidio en lugar de la reforma, la validación en lugar del conflicto, la medida paliativa en lugar del cambio estructural.

La disidencia, en este contexto, no se persigue: se desplaza. El pensamiento crítico tiene su lugar, siempre que ese lugar carezca de capacidad y autoridad para alterar el funcionamiento del sistema. El intelectual incómodo escribe en su columna, debate en su podcast, acumula seguidores en su nicho digital. El poder no lo silencia porque no necesita silenciarlo: le basta con concederle visibilidad sin consecuencias. Puede pensar, denunciar e incluso tener razón; lo decisivo es que esa lucidez no se traduzca en fuerza organizada. La diferencia se tolera porque se ha vuelto inocua.

La derecha opera desde la lógica contraria. Su respuesta a esa misma fractura no es la anestesia, sino la amputación. Si la complejidad produce conflicto, la solución es reducir la complejidad. Si la diversidad genera fricción, la solución es eliminar la diversidad. La rigidez moral funciona como instrumento de cohesión: no une por lo que se comparte, sino por lo que excluye. La homogeneidad no se construye, se impone laminando lo diferente mediante violencia física o simbólica, hasta que lo que quede se parezca lo suficiente a la imagen que el poder tiene de sí mismo.

El resultado, en los dos casos, es el mismo. La izquierda reducida a gestión produce individuos anestesiados que creen no necesitar al otro para vivir bien. La derecha entregada al orden produce individuos atemorizados que no pueden fiarse del otro sin arriesgar su seguridad. Dos gestiones distintas para el mismo daño. Una misma consecuencia: la vida común convertida en tierra yerma.

La ausencia de resistencia no nace de la ceguera individual, sino de una racionalidad afectiva cuidadosamente cultivada. El sujeto ve el daño, percibe el aislamiento y habita la fractura del substrato común; aprende a vivir dentro de ella porque el sistema ha conseguido convertir el vínculo en coste. La explicación habitual —la gente no ve, no entiende, está manipulada— es la coartada de quien ya ha aprendido a vivir dentro de su propia clausura: culpa al individuo de su propia dominación y absuelve al orden que ha organizado y sostiene las condiciones de su encierro.

Lo que ambos modelos consiguen es volver emocionalmente racional el aislamiento. En el mundo feliz de Huxley, porque el otro introduce incomodidad, conflicto y renuncia en una vida entrenada y condicionada para evitar toda fricción. En la distopía de Orwell, porque el otro introduce vulnerabilidad en un mundo donde confiar puede convertirse en peligro. En un caso, el vínculo estorba al placer; en el otro, amenaza la seguridad. El individuo no se repliega por egoísmo ni por cobardía: se adapta a un mundo que ha elevado el coste de incorporar al otro hasta hacerlo insoportable.

Pero aunque el resultado sea el mismo, conviene señalar que los dos modelos no son equivalentes.

La atomización que produce el soma deja al otro visible; borroso, pero visible. El individuo anestesiado no odia al diferente; simplemente lo ignora. Y lo que se ignora puede, en determinadas condiciones, volver a hacerse presente. La distancia huxleyana es real, pero no irreversible: el placer tiene límites, el malestar regresa y cuando regresa todavía puede encontrar al otro ahí, esperando ser reconocido.

Por el contrario, la atomización que produce el terror borra al otro activamente. El individuo atemorizado no ignora al diferente: lo convierte en amenaza. Y lo que se ha convertido en amenaza no puede volver a ser compañero sin desmantelar primero todo el sistema de percepciones que el miedo ha construido. La distancia orwelliana no es solo mayor: es de otra naturaleza. No es olvido. Es extirpación.

Esta asimetría no es consuelo ni absolución para una izquierda que administra el soma mientras el vínculo se deshace despacio. Es, simplemente, la diferencia que importa políticamente: entre una sociedad que ha perdido la disposición a encontrarse y una sociedad a la que se le ha enseñado a temer el encuentro.

En esa diferencia, por estrecha que sea, es donde todavía cabe la política. No como gestión del malestar ni como restauración del orden perdido, sino como reconstrucción deliberada de lo que los dos sistemas, cada uno a su manera, llevan décadas deshaciendo: la capacidad de romper la propia biografía para que quepa el otro.

Hacer política es reconstruir deliberadamente el vínculo. A la derecha le corresponde dejar de amputar. A nuestra izquierda, dejar de anestesiar y empezar a disputar el relato.

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