Una mujer a caballo
Una agrupación que lleva treinta y cinco años sin gobernar ha aprendido a funcionar sin gobernar. Nadie ha diseñado las derrotas, pero nadie debe conformarse con sobrevivir en ellas.

Un hombre negro entra a caballo en un pueblo de Texas en 1858. No infringe ninguna ley. No existe ley que se lo prohíba, porque a nadie se le había ocurrido nunca que hiciera falta escribirla. Y sin embargo, la calle entera se detiene a mirarlo, y lo que se lee en las caras no es indignación, sino algo más difícil de administrar: el desconcierto de quien descubre que una norma que se creía natural era solo una costumbre, y que las costumbres se pueden romper delante de todo el mundo.
Tarantino coloca ahí la escena que sostiene la película entera. Django no argumenta contra el orden esclavista, no lo denuncia, tampoco pide que se revise. Ocupa la posición visual que ese orden se reservaba: la altura, la montura y la libertad de movimiento. Django no escandaliza por cabalgar, sino por hacerlo como un hombre libre en una sociedad que había decidido que no podía serlo.
Este mecanismo no es exclusivo del Sur profundo ni de las sociedades de castas. Toda organización con muchos años a las espaldas acumula dos reglamentos. Uno está escrito, se aprueba en los congresos y se puede consultar. El otro no está en ninguna parte y regula las cosas que el primero no menciona: quién ha esperado lo suficiente, quién ha pagado las cuotas de lealtad correspondientes, a quién le toca dar el paso y a quién le toca esperar.
El segundo reglamento solo se hace visible el día que alguien lo infringe, y precisamente por eso su infracción resulta obscena, porque obliga a llamar jerarquía a lo que hasta entonces se había presentado como natural.
En la película, los guardianes del orden no encuentran una prohibición expresa que invocar; el orden conoce perfectamente la subordinación, pero no sabe todavía cómo procesar esa imagen. Así que tratan de clasificarla: de quién es, quién le ha dado el caballo, por qué va vestido así. Nadie discute su derecho a cabalgar, porque discutirlo ya obligaría a reconocer que puede tenerlo; lo que se hace es buscarle una casilla, un dueño, una procedencia. La categoría sustituye al argumento y hace su trabajo mucho más barato: no exige contraargumentar nada, no deja rastro, no se puede refutar formalmente. Basta con que circule.
En una agrupación política, ese trabajo lo hace la etiqueta. Cuando aparece una candidatura que suma sensibilidades que llevaban años mirándose de reojo, nadie sale a decir que su programa es débil. Se pregunta de dónde viene, quién la ha puesto ahí, a qué familia responde, y si no responde a ninguna, se le fabrica una, porque una candidatura sin adscripción es un objeto que el mapa no sabe procesar. Después llega la acusación de dividir, formulada con notable precisión de puntería contra quien está uniendo. La etiqueta no describe: adscribe. Y una vez adscrita, la candidatura ya no compite por un proyecto, sino por una cuota, que es exactamente el terreno donde el segundo reglamento vuelve a mandar.
La escala explica el resto. La Agrupación Municipal Socialista de Oviedo tiene alrededor de seiscientos cincuenta militantes: son los que deciden quién opta a gobernar una ciudad de doscientos veinte mil habitantes. Cuarenta personas organizadas pueden pesar más en la elección de una candidatura que cuatro mil votantes dispuestos a respaldarla después.
Almudena Cueto reunió ciento diez avales sobre los noventa y ocho exigidos, sin deberle el caballo a ningún despacho. Eso, en una organización pequeña, no es un trámite. Es una anomalía para el mapa interno, y las organizaciones pequeñas suelen intentar corregir lo que no habían previsto antes de que se convierta en precedente.
Volviendo a la película, el personaje que mejor explica cómo se conserva un orden no es el dueño de la plantación. Es Stephen, el que ha construido toda su posición dentro del sistema, el que conoce el terreno desde abajo y tiene infinitamente más que perder con el cambio que el propio amo.
En los últimos treinta y cinco años, esta agrupación solo ha gobernado Oviedo durante cuatro. En ese tiempo ha aprendido algo que ninguna resolución congresual reconoce: cuando el premio exterior desaparece, el único premio disponible es el interior. La influencia sobre una lista. La mayoría en un comité. La capacidad de decidir a quién le toca. Ese refuerzo sí es inmediato y sí es fiable, y no depende de convencer a nadie de fuera. La derrota reiterada, para quien administra sus restos, no es un fracaso. Es una posición estable, como la de Stephen.
Un caballo ensillado que llega hasta el final sin que se derrumbe nada tiene una consecuencia que ninguna derrota electoral produce: demuestra que el peaje era optativo. Que el turno no pertenecía a nadie. Que lo que se presentaba como el orden de las cosas era el orden de unos cuantos, sostenido por la repetición y por el hecho de que nadie lo había puesto a prueba.
La resistencia nunca es proporcional al nombre que aparece en la papeleta. Es proporcional al precedente. No se discute una candidatura; se discute la posibilidad de que la próxima ni siquiera pida permiso. Pero este precedente no desmorona ninguna estructura, y quien lo tema por ese motivo se equivoca de miedo.
Nuestro miedo tiene un objeto disponible y no está en esta agrupación. Está en una ciudad que lleva más de tres décadas funcionando con normalidad y produciendo desigualdad, sin que esa desigualdad haya tenido coste electoral para quien la administra. En los alquileres que expulsan de sus barrios a quienes nacieron en ellos. En las distancias que separan un código postal de otro dentro del mismo término municipal. En una gestión que presenta como orden natural de las cosas una costumbre sostenida por la repetición.
Eso es lo que debería quitar el sueño.
La ciudadanía que paga la factura de esa desigualdad no ha pisado nunca una asamblea de la AMSO. Y depende de que alguien gane el ayuntamiento.
Nuestra agrupación lleva tres décadas convocando asambleas y comités para debatir cómo recuperar la capital. Cuando por fin aparece alguien con el caballo ensillado, la primera pregunta que circula es quién le ha dado permiso para subirse al animal.
La respuesta se firma en una papeleta.
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