Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Verdulera

Por Roberto Pérez Pastor9 de enero de 20264 min de lectura

Cuando una mujer alza la voz en política, el conflicto rara vez se resuelve con argumentos: se corrige, se rebaja y se expulsa.

Alberto Canteli, alcalde de Oviedo por el PP, posa en su despacho.

Canteli es nuestro alcalde en Oviedo.

Cuando llega a casa, mientras cena, evade su mente meditabunda buscando explicación a porque no se hacen minutos de silencio cuando mueren hombres. Entre ronquido y ronquido, sueña con una Marta Sánchez entonando el himno español delante de la banderona de la plaza de La Escandalera para los paisanos ovetenses.

El comercio local de Oviedo, le está eternamente agradecido, porque cuando sale a comprar, aprovecha para pasear a su mujer y de paso hacer más gastu. Es un alcalde como pocos, espartano y pragmático, de pocos colores, atento a los pequeños detalles de la vida cotidiana, a las tradiciones, a los símbolos y a la ergonomía del mobiliario urbano.

De Canteli, dicen que fue banquero y presidente del Centro Asturiano, pero tiene alma de ingeniero de minas. Alcalde de pensamiento noble, invicto y heróico que hunde las raíces de su razonamiento en la profunda historia de una grande y libre patria y que sublima en la recomposición de callejero ovetense para orgullo propio y de todos aquellos que vienen buscando jubileo a nuestra coqueta ciudad. Animador, dinamizador y monetizador como ninguno de fiestas populares; aunque en ocasiones la gente se salga de madre y obligue a alguna de sus más fervientes seguidoras a poner orden a tanta algarabía, pidiendo desalojar la plaza, al grito de “Fredi que desalojen y ya está”.

Canteli es un alcalde amante del orden y la ley, no está tanto en contra de los inmigrantes buenos como de los que llegan sin control, que en definitiva son los primeros a los que hay que señalar cuando se habla de violencia machista, porque para un español de pura cepa como él la mujer es lo primero y como buen cristiano, no debe bajar de los altares.

Cuando preside los plenos, prefiere a las guapas con él y los calvos al fondo. Es un hombre castizo como pocos, que disfruta del silencio de la mujer y no tiene rubor alguno en decirles, para contemplar en toda dimensión su belleza, que calladitas están más guapas.

Canteli, ante todo, es un hombre sensato.

Con este currículum, cuando nuestro alcalde Canteli llama a una mujer verdulera, en realidad, en contra de lo que piense la mayoría roja, no está tratando de ofender, está haciendo pedagogía; está subiendo al altar, devolviendo a su sitio, con un gesto de profunda empatía y respeto, a la mujer caída. Y aquí, señoros, no caben ideologías.

Es de esperar que muchas de las palabras usadas por nuestro alcalde para poner en su sitio a la mujer en política, un campo que él domina sin necesidad de alzar la voz, no tengan que ver tanto con lo que dicen, sino con cómo se interpretan. Ellas gritan, exageran, se alteran, no saben callarse. La discrepancia se traduce así en desorden emocional y político, alejándose del ideal de belleza y compostura que merece la mujer en el altar político. En este punto, resulta no sólo comprensible sino también, sin duda, pedagógico mandarlas callar y no responder, porque ya no se habla desde la razón, sino desde el exceso.

Michel Foucault explicó que el poder no necesita censurar para imponerse: le basta con decidir qué discursos merecen respuesta y cuáles deben ser corregidos, silenciados o ridiculizados. La descalificación no elimina la palabra: la expulsa del campo de lo razonable.

La pedagogía de nuestro alcalde no se detiene en el insulto como desliz, sino en su carga simbólica. Verdulera no es una palabra neutra. Arrastra una genealogía concreta: ligada a la clase popular, asociado a lo vulgar, a lo gritón, a lo excesivo. No describe una conducta; la sitúa.

Funciona como un estereotipo de género que penaliza a las mujeres que ocupan el espacio público con voz firme o confrontativa. Tal como han mostrado autoras como Deborah Cameron o Judith Butler, el lenguaje no se limita a reflejar la realidad: produce jerarquías simbólicas. Decide quién está más guapo calladito y quien tiene derecho a hablar desde la razón.

En ese reparto, cuando una mujer se cae del altar y disputa el orden, deja de ser guapa para convertirse en problema. Ya no es razonable, sino histérica; no es firme, sino chillona; no discrepa, estorba. La majestuosidad del altar exige silencio, compostura y gratitud. Y quien se cae o baja de él por su propio pie debe ser corregida.

No es una cuestión de ideología. Es una cuestión de orden y coherente con un pensamiento sensato.

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