Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Apropiación, aparato y sumisión

Por Roberto Pérez Pastor2 de abril de 20265 min de lectura

El free rider del pensamiento ajeno no construye autoridad: la extrae. Cuando una organización premia a quien mejor capitaliza el trabajo intelectual ajeno, acaba seleccionando peor a sus dirigentes.

Hay partidos que no solo desaprovechan a su militancia. La usan. No como sujeto político activo, no como instancia real de deliberación, no como fuente viva de inteligencia colectiva, sino como cantera anónima de capital simbólico: un espacio del que extraer marcos analíticos, categorías interpretativas y formulaciones políticas que después circularán con otra firma, en otro soporte y bajo otra autoridad. Sin atribución. Sin reconocimiento. Sin deuda declarada.

Para Lakoff, la verdadera batalla política no se libra en los datos ni en las cifras: estos pueden describir la realidad o medir un resultado, pero no explican dónde se decide el poder. La disputa decisiva se juega en los marcos mentales: en el lenguaje, los conceptos y las ideas con que una sociedad nombra, interpreta y ordena lo que ocurre.

Desde esa premisa, en la política contemporánea un partido no solo compite por votos; compite también por la capacidad de producir marcos discursivos e imponerlos. El problema comienza cuando ese capital deja de circular como elaboración compartida y pasa a convertirse en botín apropiable por quien ocupa una posición de poder.

Y hay espacios políticos especialmente sensibles a esta lógica, como el municipal, donde este capital simbólico ideológico cobra mayor importancia por la proximidad entre tejido social, elaboración programática y palabra dada. Aquí la exacción no solo se vuelve más visible; también se intensifica el daño, porque cuando la apropiación se produce y se tolera, no se comete únicamente una injusticia individual: se degrada la ecología moral interna de la organización, se normaliza el extractivismo político como estrategia de poder y la participación termina convertida en un régimen de uso sin reconocimiento.

Conviene precisar de qué hablamos. La imprecisión nunca es neutra: casi siempre beneficia a quien se apropia. No se trata de coincidencia temática. En organizaciones que comparten tradición ideológica y un mismo campo de problemas, la convergencia es esperable, incluso deseable. Tampoco se trata de copia literal, que sería la forma más burda y fácil de identificar. Lo que está en juego es algo más sofisticado: la apropiación del marco. Es decir, la captura de la arquitectura argumentativa de un razonamiento, su estructura lógica, sus categorías analíticas, sus formulaciones más fértiles, para poner todo ello a circular como si hubiera emergido de otro lugar. El pensamiento ajeno llega a destino. Produce efectos. Genera autoridad. Pero lo hace ya separado de quien lo hizo posible.

Por eso este problema no se reduce a una cuestión de propiedad intelectual. Lo que está en juego es una cuestión de ética política interna. Cuando un cargo institucional toma sin atribución el análisis elaborado desde una posición de militancia activa, no solo incurre en una incorrección formal. Activa una lógica de extracción. Se comporta como un free rider del pensamiento ajeno: alguien que captura rendimiento político, legitimidad y capital simbólico sin asumir el coste intelectual, militante y temporal de producirlo.

Hay un elemento adicional que vuelve este problema todavía más grave: la asimetría de poder entre quien produce el análisis y quien se apropia de él. No estamos ante dos posiciones equivalentes en capacidad de intervención, visibilidad o legitimación pública. Quien ocupa un cargo institucional dispone de recursos de autoridad, de canales de difusión y de una presunción de centralidad que no están al alcance de la militancia de base, por elaborada que sea su aportación. La apropiación, por tanto, no opera en el vacío: opera sobre una estructura desigual que permite a unos convertir en capital político propio lo que otros solo pueden producir a costa de tiempo, trabajo y exposición.

La falta de reconocimiento, en ese contexto, no borra simplemente un nombre: consolida una jerarquía. Quien menos poder tiene aporta elaboración; quien más poder concentra captura reconocimiento, rendimiento y posición. Y cuando una organización tolera esa lógica sin corrección, deja de funcionar como espacio de elaboración compartida. Empieza a operar como estructura de extracción interna: el pensamiento circula hacia arriba despojado de su procedencia y regresa convertido en autoridad institucional. Esto tiene consecuencias. No menores.

Elster demostró que la cooperación sostenida en organizaciones colectivas depende de la reciprocidad percibida. Cuando la militancia advierte que pensar, escribir o formular puede acabar sirviendo para fortalecer a otros sin atribución ni reconocimiento, el vínculo político empieza a contaminarse de cálculo defensivo. La confianza no se rompe de golpe; se degrada poco a poco. Y una organización que no genera crédito para quien piensa termina desincentivando precisamente el pensamiento que necesita para disputar la realidad.

Lo que viene después es el silencio. Quien ha visto circular su marco conceptual bajo otra firma aprende deprisa que producir pensamiento crítico en público tiene coste y no tiene recompensa. La organización lo enseña con el ejemplo. Y cuando eso se percibe, la gente no solo se enfada: deja de creer que participar sirva para algo.

Hirschman identificó tres respuestas posibles ante la decadencia organizativa: salida, voz y lealtad. La apropiación sistemática sin reconocimiento bloquea la voz sin eliminar los costes de la salida. Lo que queda es una lealtad degradada: la gente sigue, pero cree menos; participa, pero se protege; permanece, pero ya no se entrega del mismo modo. A eso se le llama cinismo. Las organizaciones lo confunden frecuentemente con madurez.

En este clima político opera la selección negativa. Se deja de premiar a quien mejor elabora y obtiene recompensa quien mejor absorbe, recicla y capitaliza el pensamiento producido por otros. Es una forma blanda de oligarquización interna: no clausura formalmente la participación, pero la vacía materialmente. Permite que la base produzca y que la cúspide acumule. También el discurso se vacía con ella porque cuando se toma una formulación sin su andamiaje teórico, se conserva la superficie verbal, pero se pierde la arquitectura de sentido que la hacía fértil.

Cuando un partido utiliza el pensamiento de su militancia pero no la reconoce como sujeto político, deja de pedir compromiso y empieza a exigir sumisión. No hay partido vivo. Hay aparato.

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