El liderazgo de la hidalguía

El otro día, conversando con algunos compañeros de partido, coincidimos en la idea de que, a lo largo de la historia, 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐟𝐢𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧𝐞𝐬 𝐥𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐭𝐚𝐠𝐨𝐧𝐢𝐳𝐚𝐧 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐝𝐞𝐧 𝐚 𝐫𝐞𝐩𝐞𝐭𝐢𝐫𝐬𝐞 y de que cómo es la coincidencia o interacción de estos perfiles lo que determina los desenlaces: el éxito o el fracaso de las empresas, en el sentido más amplio de la palabra. Al echar la vista atrás y analizar los principales desastres y triunfos de la historia podemos observar esa confluencia de “perfiles similares”.
Inmediatamente me viene a la mente el reinado de 𝐂𝐚𝐫𝐥𝐨𝐬 𝐈𝐈, 𝐞𝐥 ❞𝐮́𝐥𝐭𝐢𝐦𝐨 𝐦𝐨𝐡𝐢𝐜𝐚𝐧𝐨❞ 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐀𝐮𝐬𝐭𝐫𝐢𝐚𝐬.. Los historiadores describen su personalidad como sumisa y dependiente, incapaz de imponer su autoridad o tomar firmes decisiones. Su profunda religiosidad lo hacía propenso a interpretaciones supersticiosas de los acontecimientos y a buscar la solución a los problemas estructurales de la nación a través de la oración, rogando, por norma general, la intermediación divina a través de la iglesia. Esta incapacidad de liderazgo, condujo a una descentralización del poder que generó una gran inestabilidad y marcó el declive definitivo de la hegemonía de España en Europa y el mundo.
Carlos II encarnaba ese perfil de político al que el poder le viene dado de cuna y que entiende la política desde una perspectiva mágica o romántica, dando lugar a 𝐮𝐧 𝐥𝐢𝐝𝐞𝐫𝐚𝐳𝐠𝐨 𝐝𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐩𝐨, sin disciplina alguna, que fomenta el pillaje interno y 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐱𝐩𝐨𝐧𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧𝐢𝐳𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐚𝐥 𝐞𝐧𝐞𝐦𝐢𝐠𝐨 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨 𝐬𝐢 𝐧𝐨 𝐝𝐢𝐟𝐢́𝐜𝐢𝐥, 𝐢𝐦𝐩𝐨𝐬𝐢𝐛𝐥𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐜𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚.
Cuando en una organización, se van incardinando en los diferentes estamentos y en el tiempo perfiles como el de Carlos II, las consecuencias trascienden más allá del debilitamiento general provocado por la falta de visión estratégica. La proliferación de comportamientos oportunistas y el deterioro de la confianza en el liderazgo generan una fuga de talento que en las organizaciones políticas, como la nuestra, deriva en desafección. Además a consecuencia de la inoperancia de estos perfiles, se crea un contexto, como nos demuestra la historia, donde el día a día se convierte en un rosario de conflictos y disputas internas que no solo amenazan el legado histórico, si no que en casos extremos, ponen en riesgo el colapso de la organización.
En las organizaciones políticas, 𝐞𝐥 𝐥𝐢𝐝𝐞𝐫𝐚𝐳𝐠𝐨 no se conforma como un privilegio heredado ni una concesión automática, sino como 𝐮𝐧 𝐦𝐚𝐧𝐝𝐚𝐭𝐨 𝐝𝐞𝐥𝐞𝐠𝐚𝐝𝐨 𝐩𝐨𝐫 𝐥𝐚 𝐛𝐚𝐬𝐞 𝐦𝐢𝐥𝐢𝐭𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐚 𝐭𝐫𝐚𝐯𝐞́𝐬 𝐝𝐞 𝐩𝐫𝐨𝐜𝐞𝐬𝐨𝐬 𝐞𝐬𝐜𝐫𝐮𝐩𝐮𝐥𝐨𝐬𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐝𝐞𝐦𝐨𝐜𝐫𝐚́𝐭𝐢𝐜𝐨𝐬 𝐲 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐞𝐧𝐬𝐮𝐚𝐝𝐨𝐬.
Los procesos que se avecinan representan una 𝐨𝐩𝐨𝐫𝐭𝐮𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐜𝐫𝐮𝐜𝐢𝐚𝐥 para redefinir y fortalecer el liderazgo de la organización. 𝐋𝐚 𝐦𝐢𝐥𝐢𝐭𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐝𝐞𝐛𝐞 𝐚𝐬𝐮𝐦𝐢𝐫 𝐮𝐧 𝐫𝐨𝐥 𝐚𝐜𝐭𝐢𝐯𝐨 𝐲 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐜𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞, 𝐞𝐯𝐚𝐥𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐧 𝐫𝐢𝐠𝐨𝐫 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐟𝐢𝐥𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫 𝐞𝐧𝐜𝐚𝐫𝐧𝐞𝐧 𝐥𝐨𝐬 𝐯𝐚𝐥𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐲 𝐩𝐫𝐢𝐧𝐜𝐢𝐩𝐢𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐞𝐬 𝐫𝐞𝐩𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐭𝐚𝐧 alejándose de argumentos y dinámicas basadas en la hidalguía de un apellido o el simbolismo vacío.
Este ejercicio de responsabilidad 𝐢𝐦𝐩𝐥𝐢𝐜𝐚 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐚𝐥𝐝𝐚𝐫 𝐚 𝐥𝐢́𝐝𝐞𝐫𝐞𝐬 𝐜𝐚𝐩𝐚𝐜𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐠𝐫𝐚𝐫 𝐝𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐚𝐬 𝐬𝐞𝐧𝐬𝐢𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐲 𝐜𝐫𝐞𝐝𝐨𝐬, 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐨𝐡𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐧 𝐚 𝐥𝐚 𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧𝐢𝐳𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐲 𝐥𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐲𝐞𝐜𝐭𝐞𝐧 𝐜𝐨𝐧 𝐟𝐮𝐞𝐫𝐳𝐚 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐚́𝐦𝐛𝐢𝐭𝐨 𝐩𝐨𝐥𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐨 𝐲 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥; liderazgos sólidos y efectivos cuya gestión trascienda más allá de la mera supervivencia del partido y contribuya a poner de relevancia y ayude a sustanciar la visión inclusiva, sostenible y transformadora de la sociedad que soñamos todos a través de la victoria política y social en el cambiante panorama contemporáneo.
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