Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

La crisis de la representación y la necesidad de rescatarla

Por Roberto Pérez Pastor2 de enero de 20266 min de lectura

La representación política no siempre entra en crisis por fallos ideológicos o procedimentales. A veces lo hace porque deja de cumplir su función más básica: actuar en interés de quienes representa.

La representación no es un eslogan vacío ni una coartada retórica para ejercer el poder desde el interés individual. Tampoco los problemas que se derivan de la interpretación del concepto son nuevos; ya en 1967 Hanna Fenichel Pitkin, politóloga estadounidense, publicó The Concept of Representation, un análisis riguroso a la par de incómodo sobre qué significa realmente representar en democracia.

Pitkin no escribía para cargos orgánicos ni para gabinetes de comunicación. Escribía para desmontar el trampantojo que algunos trasladan según el cual representar consiste en estar, hablar o parecer, dejando a un lado su verdadero propósito: actuar.

Más de medio siglo después, el marco teórico que esbozó sigue siendo útil para entender por qué muchas organizaciones políticas, también la nuestra, atraviesan una crisis que no es formal ni ideológica, sino profundamente representativa.

La representación política no es una idea simple ni unívoca. Representar no consiste en una sola cosa, adopta distintas formas, que a menudo se superponen y, ocasionalmente, se confunden. Pitkin acota el alcance de la representación a través de cuatro dimensiones: la formal, la descriptiva, la simbólica y la sustantiva.

La representación formal es la más evidente. También la más limitada. Define cómo se obtiene la condición de representante mediante procedimientos legítimos: votaciones, delegaciones, designaciones. Un representante lo es porque ha sido formalmente habilitado para actuar en nombre de otros. En nuestro ámbito político, esta dimensión está plenamente cubierta: hay primarias, hay listas votadas y hay cargos legítimos. No obstante, debemos tener en cuenta que la representación formal solo autoriza; no define ni especifica qué se hace con esa autorización; aquí se inicia el problema.

La representación descriptiva se apoya en la semejanza entre representantes y representados. Aquí representar significa “estar en lugar de”, compartir valores, lenguaje, trayectoria e identidad política. En una organización como la nuestra, esta lógica está muy presente: militantes que se reconocen en representantes “de los suyos”, con historia común y sensibilidad compartida. La expectativa es clara: si el representante es como yo, defenderá mis intereses. Esta lógica es tranquilizadora pero también insuficiente ya que parecerse no garantiza decidir ni actuar en beneficio de todos.

La representación simbólica opera en un plano distinto. No se basa tanto en lo que se comparte objetivamente, sino en los sentimientos, creencias y reconocimientos que se generan en quienes son representados. Tiene que ver con sentirse escuchado, tenido en cuenta y, sobre todo, reconocido como sujeto político.

En nuestra agrupación, esta dimensión no solo no compensa el déficit de acción, sino que empieza a mostrar signos de agotamiento. Los indicadores de participación evidencian que una parte de la militancia percibe desconexión, falta de empatía y una creciente distancia entre las posiciones de los representantes y los acuerdos colectivos de la organización. Cuando decisiones relevantes se toman al margen de lo debatido y aprobado en asamblea, o cuando determinadas prioridades parecen responder más a visiones personales que a experiencias compartidas, la representación simbólica deja de generar identificación y pasa a producir desafección. El vínculo representativo se debilita. Y sin reconocimiento simbólico, la escucha se percibe como un gesto vacío.

Por último, la representación sustantiva. Para Pitkin es la dimensión decisiva. Aquí representar significa actuar efectivamente en interés de quienes se representa. No se mide por quién se es, por lo que se hereda, ni por cómo se llega, ni siquiera por cómo se es percibido, sino por lo que se hace y por los efectos reales de esa acción. En nuestro ámbito municipal, esto se traduce en capacidad de condicionar decisiones, marcar agenda, generar conflicto político y obtener resultados tangibles en políticas públicas o en gestión. Cuando esta dimensión falla, las demás empiezan a chirriar.

Desde este marco teórico, la disonancia representativa aparece cuando las distintas dimensiones de la representación dejan de reforzarse entre sí. Cuando el reconocimiento y la escucha no se traducen en acción efectiva, la legitimidad política empieza a erosionarse.

En su formulación clásica, esta disonancia se resumía en el conocido “se escucha, pero no se puede actuar”, pero hoy se manifiesta de una forma más cruda: con frecuencia se actúa sin escuchar y sólo después se intenta reconstruir simbólicamente la decisión tomada. La secuencia se invierte (primero se decide, luego se informa y, si acaso, se explica), de modo que la escucha deja de ser un punto de partida para convertirse en un trámite posterior orientado a legitimar decisiones singulares ya adoptadas. El resultado es claro: la deliberación se sustituye por justificación y la militancia deja de percibir que sus posiciones y compromisos condicionan la acción política.

Desde el marco conceptual de Pitkin, esta secuencia provoca una quiebra simultánea de la representación sustantiva y simbólica: la acción política se desvincula de un mandato colectivo previamente construido y, al mismo tiempo, la representación deja de generar reconocimiento, de modo que la militancia no se siente representada, sino sustituida.

El resultado es una disonancia especialmente corrosiva: no hay ruptura abierta ni conflicto explícito, pero sí una percepción extendida de insuficiencia, desconexión y ausencia de rumbo compartido. Se instala la idea de que los representantes actúan por libre, priorizan visiones personales sobre acuerdos colectivos y construyen la agenda política lejos de la experiencia real de la militancia y de los barrios; en ese contexto, la representación simbólica no corrige la fractura, sino que la intensifica, transformando la distancia en cabreo y desafección.

La representación simbólica sólo es estable cuando está anclada en la representación sustantiva y acompañada de una rendición de cuentas clara. Cuando no hay acción reconocible ni explicación honesta de sus límites, la representación se vacía de contenido político y se vive como desconexión voluntaria. La consecuencia no es el enfado inmediato, sino una desafección silenciosa y persistente: deja de discutirse quién representa y empieza a preguntarse para qué sirve hoy esa representación. Cuando esa pregunta queda sin respuesta, la crisis deja de ser de comunicación, de estilo o de liderazgo personal para convertirse, en sentido estricto, en una crisis de representación.

Recuperar la representación es una tarea política concreta. Implica devolver a la militancia su papel como sujeto activo, restituir a las asambleas su función deliberativa y volver a vincular la acción política a mandatos colectivos claros. No se trata de cambiar caras ni de ajustar discursos, sino de reconstruir una forma de hacer política en la que representar vuelva a significar actuar y rendir cuentas. Si la representación ha sido vaciada, toca rescatarla. Y ese rescate no vendrá de arriba ni de fuera, sino del compromiso organizado de quienes no están dispuestos a asumir como normal una representación que ya no representa.

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