Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

La duración de la ilusión

Por Roberto Pérez Pastor21 de julio de 20263 min de lectura

Es la ilusión y no las ideas la que tiene fecha de caducidad. Esta dura hasta que se descubre quién sostiene el pedestal y la realidad reclama su sitio.

Una ilusión dura hasta que la realidad la corrige o hasta que la imaginación deja de sostenerla. Dura lo que tarda la realidad en reclamar su sitio.

En psicología, una ilusión proyectiva suele durar entre 6 meses y 2 años. Es un periodo en el que el cerebro está inundado de dopamina y oxitocina, de manera que se distorsiona la percepción entre el objeto del deseo y el objetivo. Pero si hablamos de un chispazo, de algo express, de una ilusión momentánea, un rasca de la once, un proyecto o idea repentina, el pico bioquímico dura tan solo 72 horas. Si en ese tiempo no se sustancian acciones concretas, la ilusión simplemente se disipa.

Aterrizando en nuestra propia realidad, la ilusión de un proyecto político a veces puede sostenerse durante años si la persona o la comunidad decide, consciente o inconscientemente, ignorar la evidencia para proteger la comodidad del mito. Las instituciones antiguas conocen bien el mecanismo: cuando ya no pueden rejuvenecer su doctrina, rejuvenecen su iconografía.

La Iglesia católica entendió bien esa necesidad cuando convirtió a Carlo Acutis en el rostro joven de una institución antigua. Acutis murió en 2006, con quince años; fue beatificado en 2020 y canonizado en septiembre de 2025. Informático aficionado, divulgador de milagros eucarísticos y adolescente reconocible para una generación criada ante una pantalla, ofrecía una iconografía perfecta: sudadera, zapatillas, ordenador y santidad.

Fue una beatificación exprés en términos cronológicos y en la fabricación pública del símbolo. No fue necesario rejuvenecer la doctrina; bastó con rejuvenecer su representación.

Toda institución envejecida sueña con una figura así: alguien nuevo que permita conservar intacto lo viejo. La renovación más cómoda no es la que cambia el poder, sino la que cambia su fotografía.

Hay candidaturas que operan en el plano de esa misma operación simbólica. Se presentan como apertura de una nueva etapa, como juventud, impulso e ilusión. Una vez salvados los obstáculos de la solvencia y la experiencia, la pregunta relevante no es cuántos años tiene el candidato, sino cuántos tienen quienes administran sus posibilidades. La novedad puede movilizar y producir entusiasmo, pero no constituye por sí sola una mayoría ni despeja la procedencia de los apoyos que la sostienen. A veces, detrás de un rostro nuevo, sigue funcionando intacta la arquitectura del poder anterior. Tras el cuerpo muy íntegro, no intacto, pero íntegro de Carlo Acutis permanece la estructura milenaria de la Iglesia.

La renovación tutelada es el último recurso de una curia de notables que necesita cambiar de rostro sin perder el control de las manos. Se promociona a un joven para que represente el futuro, siempre que el futuro llegue acompañado por quienes gestionaron el pasado. No es una contradicción accidental: es el mecanismo. La novedad funciona como indulgencia política. Absuelve trayectorias, suspende preguntas y convierte la continuidad en esperanza.

Nadie se canoniza a sí mismo. La escalera de Siervo de Dios a Venerable, de Venerable a Beato, de Beato a Santo, la sube quien es promovido: hay siempre un postulador, una causa abierta por alguien y un calendario decidido en otro sitio.

La ilusión puede ganar unas primarias en 72 horas; seis meses más tarde, quizá logre proyectarse y sostener una campaña, pero lo que no puede hacer indefinidamente es sustituir un proyecto.

Cuando pasa el resplandor, queda la estructura. Será en ese momento cuando la realidad pondrá de manifiesto si estábamos ante una renovación o tan solo ante otra beatificación exprés.

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