La edad en los cementerios
La juventud puede aportar nuevas perspectivas y la experiencia acumulada puede resultar valiosa. Pero ninguna de las dos garantiza que una institución desempeñe mejor sus funciones.

La primera vez que escuché hablar del cementerio de elefantes fue en una película de Tarzán, donde unos exploradores buscaban el preciado cementerio por los tesoros en marfil que pudiera contener. Aunque ni biólogos, exploradores ni etólogos han encontrado evidencia de su existencia, la leyenda persiste y sostiene que, al sentir próxima la muerte, los elefantes se retiran a un lugar oculto donde mueren en grupo.
Con el tiempo, esta metáfora describe en nuestro imaginario el lugar al que van a parar las cosas que han perdido su utilidad o, en el plano político que nos ocupa, las personas que han dejado de desempeñar un papel relevante.
Fuera del contexto de la leyenda, los elefantes no organizan cementerios a los que retirarse cuando presienten la muerte; las organizaciones humanas, en cambio, sí. Construyen espacios donde acomodar a quienes han perdido protagonismo, pero todavía conservan algún valor para aquellos que toman las decisiones. Si en la extensa sabana de las películas de Tarzán son los elefantes los que eligen retirarse, en el contexto político este acontecimiento suele ocurrir por invitación y muy pocas veces por decisión propia. En una organización política, el retiro unas veces se negocia, otras se impone y no faltan ocasiones en las que se presenta como un reconocimiento a los servicios prestados.
En España, donde la lealtad se recompensa y los equilibrios internos exigen amortiguar las purgas, donde pocos dimiten por iniciativa propia y los ceses políticos se ejecutan en silencio desde las sedes del partido, existen varios cementerios de este tipo en forma de consejos y órganos consultivos; cada organización y cada Estado tiene los suyos. El Senado, en el imaginario colectivo del Reino de España, es uno de ellos.
El artículo 69 de la Constitución define al Senado como cámara de representación territorial. En 2006, el Consejo de Estado examinaba una reforma de sus competencias, composición y capacidad para articular las relaciones entre las comunidades autónomas y el Estado. Veinte años después, su reforma sigue pendiente y el debate continúa abierto. Mientras la discusión política se desplaza con frecuencia hacia quién ocupa sus escaños o qué mayoría parlamentaria los controla, el papel territorial que debería desempeñar la institución permanece en segundo plano.
Ante esta imagen del Senado como lugar de retiro, no faltan voces que reclaman una renovación generacional de la Cámara Alta. Incorporar políticos más jóvenes, abrir paso a nuevas trayectorias y dejar atrás a quienes llevan décadas ocupando responsabilidades públicas parece una respuesta razonable. La juventud se presenta como sinónimo de renovación, de nuevas ideas y de una forma diferente de entender la representación política. Pero ese planteamiento puede esconder un prejuicio edadista: atribuir a la edad de quienes ocupan los escaños un problema que quizá resida en la función que desempeña la institución.
Hanna Pitkin distinguía entre la representación descriptiva, basada en las características identitarias o demográficas que comparten representantes y representados, y la sustantiva, centrada en lo que hacen los representantes en nombre de los representados. Cambiar la edad de los senadores puede modificar la primera, pero no garantiza transformar la segunda. Incluso cabe pensar lo contrario: políticos veteranos, con décadas de experiencia municipal o autonómica, podrían aportar conocimientos especialmente valiosos a una cámara que ejerciera plenamente su función territorial.
La renovación generacional puede aportar nuevas perspectivas a la representación política, del mismo modo que la experiencia acumulada puede resultar valiosa para el funcionamiento de las instituciones; pero ninguna de las dos garantiza, por sí sola, que el Senado cumpla mejor la función para la que fue concebido. La representación territorial, las competencias efectivas, la capacidad de intervenir en los conflictos entre el Estado y las comunidades autónomas o su papel en el equilibrio parlamentario son las materias políticas sobre las que discutir la reforma del Senado.
Si el Senado sigue siendo un cementerio de elefantes, rejuvenecer a sus ocupantes no alterará su naturaleza; cambiará la edad de quienes llegan, pero no el destino al que se les envía. No existe demasiada diferencia entre un cementerio de elefantes y uno de infantes; los dos están destinados a alojar cadáveres.
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