Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Narcisismo y poder en las organizaciones

Por Roberto Pérez Pastor18 de agosto de 20254 min de lectura

Frente al avance del narcisismo en la cultura y el poder, el desafío es reconstruir organizaciones con propósito, visión compartida y liderazgo al servicio del proyecto común.

Jean M. Twenge y W. Keith Campbell son dos psicólogos de Estados Unidos que desarrollan su labor investigadora sobre el narcisismo en la cultura contemporánea. Los dos han colaborado analizando cómo el individualismo, la autoimagen y los cambios culturales han alimentado un aumento del narcisismo en las generaciones más jóvenes. El análisis de sus trabajos se orienta a comprender cómo esta característica impacta tanto en el individuo como en el conjunto de la sociedad.

Podríamos asegurar que para estos autores, el individualismo que trae consigo el concepto de modernidad, a partir de finales del siglo XX se ha ido sustanciando en una dimensión narcisista de la personalidad acusada mayormente en las nuevas generaciones; dibujando generaciones de cristal con escasa o nula resistencia a la frustración, mayor sensibilidad a la crítica, relaciones superficiales e inestables y expectativas poco realistas sobre el éxito y la vida.

Las causas que ellos proponen, estoy seguro que nos sonarán a todos, pues en algún momento de nuestras vidas personales, laborales y políticas hemos sufrido o participado, aunque solo fuera como instrumento, la cultura de auto-promoción con el uso de las redes sociales o la construcción, promoción o consumo de un “branding” personal. También somos y hemos sido partícipes de una educación centrada en reforzar la autoestima, sin poner el mismo énfasis en la responsabilidad o la empatía; hemos interiorizado mensajes que celebran la excepcionalidad individual -ese “todos somos especiales” repetido como mantra- y estamos rodeados por un entorno donde el consumismo y la cultura de la inmediatez modelan nuestras expectativas, deseos y formas de relacionarnos.

En el contexto político, el acceso al poder puede provocar un reajuste identitario y tiende a exacerbar y amplificar los rasgos narcisistas. Para Todd Pittinsky, el poder deja de ser un instrumento para servir a los demás y se convierte en una fuente de gratificación personal, admiración y autoafirmación de quien lo ostenta. En este escenario, las redes sociales se transforman en una herramienta clave para la validación pública de esa nueva identidad que busca reforzar una autoimagen grandiosa —la convicción de ser indispensable, superior o excepcional— y se intensifica la búsqueda constante de admiración, lealtad y obediencia, incluso a costa de la verdad o del bienestar común, emergiendo una marcada intolerancia a la crítica, que lleva a muchos líderes a rodearse exclusivamente de aduladores que alimenten su necesidad de validación, mientras la empatía hacia los demás disminuye.

Una organización rendida al sueño de los narcisos, es una organización condenada al fracaso. Cuando el liderazgo se convierte en un instrumento para la autoafirmación y no en un servicio a un propósito común, cuando se practica el rechazo sistemático de la crítica y se persigue de manera obsesiva el control y el reconocimiento personal, se abre la puerta para el florecimiento de culturas organizacionales tóxicas, se dificulta una sucesión efectiva y las decisiones pasan a ser impulsivas y arriesgadas, sin valorar consecuencias, poniendo en peligro la organización y su proyecto.

El narcisismo introduce dinámicas destructivas: egocentrismo, impulsividad, falta de escucha; decisiones guiadas por el ego y visiones cortoplacistas, en respuesta a un interés personal más que por estrategia, y la responsabilidad en cualquiera de sus dimensiones se diluye.

Si una organización se rinde al “branding personal” de su líder, al final no es más que un espejo donde se reflejan sus aciertos, pero también sus errores. La organización espejo solo devuelve la imagen que tiene enfrente, pero no la interroga, no la transforma, no la mejora ni la hace avanzar y en el plano de la política los partidos pierden profundidad, autonomía y sentido.

Una organización atrapada en el reflejo de su líder no tiene voz, ni alma, ni proyecto: solo repite. Cuando el espejo se rompe no queda nada más que el eco de un ego; el escombro alejado de una estructura resiliente; el vacío de una identidad construida en torno a una ilusión: sin cohesión ideológica, sin visión compartida, sin proyecto colectivo; fragmentos dispersos de un reflejo que alguna vez pareció brillante, pero nunca fue real.

No hay legado posible en una estructura que nunca fue más que una proyección. El reto que se nos plantea está en recuperar la centralidad de valores como la cooperación, la autocrítica y la visión a largo plazo. Facilitar espacios para el nacimiento de nuevos liderazgos, que se reconozcan y sean reconocidos como parte del proyecto y no como centro, favorecer contextos donde la organización comience a pensarse no como reflejo de una figura, sino como sujeto colectivo con visión y propósito.

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