Año I • Edición No. 1viernes, 16 de octubre de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Primos y primarias

Por Roberto Pérez Pastor•11 de octubre de 2026•3 min de lectura•

La democracia interna mantiene su liturgia. Los reglamentos garantizan procedimientos, las direcciones conservan facultades y la militancia ejerce su derecho a participar. Impecable normalidad.

Hay palabras polisémicas cuyos significados vas adquiriendo según avanzas en la vida. Primo es una de ellas. El primer significado que adquirimos todos es el que atañe a la familia, hermanos y primos unidos por una misma línea de sangre. Los primos son los primeros amigos; hermanos y primos inician la exploración del mundo juntos, dan las primeras patadas al bote, descubren y comparten los mejores escondites, son testigos de los primeros pasos y de los logros de cada uno. Y casi al mismo tiempo que en la escuela descubres que primo es también la propiedad de determinados números que solo son divisibles por la unidad y por ellos mismos en pecaminosa operación onanista, la vida te enseña que tú también tienes algo de primo que no tiene que ver con las matemáticas ni con la familia cuando asoman en tu personalidad o conducta rasgos de ingenuidad.

En determinados escenarios políticos, los tres significados parecen encontrar acomodo en un mismo procedimiento: la confección de listas electorales. El primero responde a su dimensión familiar, aunque el parentesco no venga por vía sanguínea o de apellido; las organizaciones políticas construyen sus propias familias, con sus vínculos de confianza, sus lealtades acumuladas y sus compromisos recíprocos. Pertenecer a ellas no garantiza un puesto en las listas, pero sin duda proporciona una ventaja que no aparece recogida en ningún reglamento. El primo aquí opera como criterio, como mecanismo a través del cual se distribuyen las oportunidades de representación.

El segundo significado responde a la aritmética política. Del mismo modo que un número primo solo admite dos divisores, la unidad y él mismo, determinados liderazgos parecen atribuirse una propiedad semejante y se resisten a cualquier división o delegación de poder que no pase por su propia voluntad. Cuando el poder se organiza de esta manera, la representación colectiva se termina confundiendo con la continuidad de quienes la administran; y cuando una candidatura tiene apenas dos o tres posibilidades reales de obtener escaño, decidir anticipadamente quién encabeza no constituye un detalle menor del procedimiento, porque condiciona de manera decisiva el resultado político de cualquier votación posterior.

El tercer significado interpela a todos por ser el más incómodo. Hay organizaciones que conservan y presumen de una saludable afición por las primarias. Se convoca a la militancia, se habilitan los procedimientos y se proclama a los cuatro puntos cardinales la importancia de participar en las decisiones colectivas. Al mismo tiempo circulan nombres por los periódicos y las direcciones no solo conservan, sino que recuerdan y ejercen su facultad de intervención. En estas circunstancias cabe preguntarse si la militancia acude a elegir a sus representantes o a acompañar una decisión tomada en otro lugar. Porque cuando los puestos decisivos ya están asignados de salida, incluso antes del cierre del plazo de presentación de candidaturas, la participación puede conservar todas sus formas, pero, también sin duda, ha perdido todo el sentido y su contenido. Y así, entre candidaturas anunciadas, decisiones anticipadas y votaciones perfectamente reglamentarias, todo queda en familia. Unos deciden quién ocupa los primeros puestos, otros acuden a votar y todos comparten la satisfacción de haber participado y lo que comenzó siendo unas primarias termina convertido en una reunión de primos.

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