Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Reinar sin gobernar

Por Roberto Pérez Pastor12 de enero de 20265 min de lectura

En contextos de crisis, la política no se juega solo en las decisiones que se toman, sino en la presencia que se ejerce.

En política, especialmente cuando el conflicto aprieta y en situaciones de crisis, se espera presencia, capacidad de dar sentido a lo que sucede, toma de decisiones y rendición de cuentas. Cuando estas funciones no se ejercen de manera directa, el vacío no permanece neutral y se interpreta como desconexión y se acelera la búsqueda de responsables.

En estos escenarios, la ausencia del liderazgo no debe entenderse necesariamente como dejación, sino como una forma específica de gestión del poder. Cuando el liderazgo se distancia del conflicto, el coste político se redistribuye; portavoces, consejeros u otros agentes asumen la exposición pública mientras la figura principal preserva su capital simbólico y reduce su contacto con el desgaste.

Esta estrategia no es nueva, es muy propia de jefaturas de estado hereditarias como la nuestra, donde el rey reina, pero no gobierna; de monarquías parlamentarias donde el jefe de estado ostenta el capital simbólico desde la neutralidad claramente separado del poder ejecutivo. Responde a una forma de ejercer la autoridad en la que quien ostenta el liderazgo, sea en reino o principado, pretende encarnar el lugar del símbolo (la representación, el boato de los grandes gestos y la agenda institucional) y evitar el barro del conflicto cotidiano.

Este contexto de gobernanza tiende a producir una burbuja donde quien gobierna, se relaciona con la política de forma predominantemente simbólica (institucional, representacional, histórica…) mientras el conflicto real ocurre abajo, en contacto directo con sindicatos, territorios y ciudadanía.

El problema no es solo comunicativo, es además organizativo y democrático.. Un liderazgo que no se somete al roce del conflicto corre el riesgo de perder contacto con la experiencia real del poder, la frustración, el límite, la negociación y la pérdida. Y alejado de esa exposición a la realidad del gobierno, el margen para trasladar relato se ve reducido a lo simbólico y lo biográfico, alejándose del discurso político de liderazgo esperado.

Esta forma de liderar tiene costes muy claros. Cuando emerge de un partido político, desmoviliza a la militancia porque percibe la ausencia y la falta de respaldo ideológico en los momentos difíciles. Quema a los cuadros del gobierno y de representación, al verse obligados a sostener los conflictos sin cobertura y asumir todo el desgaste. Y, quizá lo más relevante, contribuye a alimentar el cinismo ciudadano al reforzar la idea de que el poder vive en otra realidad. Este efecto se ve magnificado especialmente en partidos que se reclaman de izquierdas, para los que la distancia respecto al conflicto material resulta especialmente difícil de justificar, porque la izquierda nace, precisamente, del conflicto social.

Todo esto lejos de ser una abstracción teórica, conforma un tipo de liderazgo que puede rastrearse en realidades políticas muy cercanas a cada uno de nosotros. Aparece con especial nitidez en episodios de alta conflictividad social o institucional, cuando el relato se disputa y el coste político se concentra. Es entonces cuando se hace visible una constante: mientras el conflicto se libra en el territorio, en los sectores afectados y en el debate público, la jefatura se desplaza hacia un plano distinto, más institucional, incluso espiritual y menos expuesto. El contraste entre lo que ocurre abajo y quién ocupa el primer plano arriba no suele pasar desapercibido.

Esta misma lógica, especialmente en aquellos contextos donde no existe una bicefalia clara entre la dirección del partido y el liderazgo institucional, se traslada al plano organizativo de los partidos políticos. Cuando quien ostenta la secretaría general trata de igual manera de concentrar el capital simbólico del proyecto, la acción política tiende a replegarse en torno al símbolo y a una tibieza ideológica funcional, y la actividad orgánica se orienta a evitar el conflicto más que a articularlo. En estos escenarios, la discrepancia interna deja de operar como motor de deliberación y pasa a ser interpretada como amenaza a la cohesión y se canaliza entonces hacia la sumisión simbólica o la exclusión en nombre de la estabilidad y la paz orgánica.

El resultado de este proceso es que el partido pierde la capacidad de representación del conflicto social y colectivo, se desacopla de las luchas que le dieron origen y se adapta de manera sumisa a los marcos establecidos. Deja de ser un instrumento de transformación para convertirse en un dispositivo de sostén simbólico del orden existente. Aceptar esta deriva implica asumir una forma de absolutismo simbólico (aunque se presente desnudo) que sustituye la confrontación ideológica por la gestión de significantes vacíos de contexto.

Se trata de una estrategia compatible con la racionalidad neoliberal: abrazar el símbolo para silenciar la dialéctica necesaria para la construcción política, desactivar el conflicto y clausurar, por esa vía, cualquier posibilidad real de cambio estructural frente a la desigualdad.

Como militantes activos, nos corresponde perseguir alternativas que no busquen más santidad al símbolo que la que merece y que recuperen el conflicto como espacio legítimo de la política democrática y nos alejen de liderazgos blindados. Exigir presencia donde hay fricción, debate donde hay discrepancia y organización donde hoy solo queda representación. Reivindicar partidos vivos, capaces de soportar la tensión interna sin convertirla en amenaza, y liderazgos que asuman el coste de gobernar sin refugiarse en la distancia.

Sin conflicto no hay transformación, sin dialéctica no hay proyecto colectivo y sin implicación activa —de militantes, cuadros y ciudadanía—, la política queda reducida a un ejercicio de contemplación. Repolitizar la acción política no es una consigna: es una condición necesaria para volver a combatir la desigualdad en términos de equidad y abrir, de nuevo, la posibilidad de cambio.

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