Verba volant
La crisis más profunda en una organización política es aquella que evidencia la imposibilidad de conservar su pensamiento, compartirlo y convertirlo en acción política duradera.

Verba volant, scripta manent. Los latinos lo sabían sin haber leído a Frederic Bartlett, quien mostró experimentalmente algo parecido a lo que todo el mundo conoce como el teléfono escacharrado: un relato que pasa de boca en boca no se transmite intacto, sino que se reconstruye. Se poda lo que no encaja, se completa lo que falta y se adapta lo escuchado a los esquemas previos de cada cual.
Mucho se habla estos días de la crisis que atraviesa la Agrupación Socialista de Oviedo. Podría interpretarse como un episodio local, ser atribuido a desacuerdos personales o explicarse mediante el habitual reparto de responsabilidades, pero sería una lectura insuficiente. Lo que ocurre en Oviedo contiene, probablemente, rasgos extrapolables al conjunto de la organización: el debilitamiento del pensamiento colectivo, la sustitución del trabajo político por la escenificación de actividad y la pérdida de los espacios cotidianos en los que se construyen confianza, lealtad y propósito compartido.
La asamblea es un espacio necesario, pero no puede ser el único instrumento de elaboración política. Sirve para persuadir, compartir emociones, hacer visible el conflicto y comprobar que uno no está solo. Sin embargo, una intervención brillante termina desvaneciéndose al terminar la reunión; una orientación, al atravesar varias conversaciones, adquiere tantos significados como interlocutores; y una decisión que no queda fijada por escrito acaba convertida en recuerdo. Cuando una organización depende solo de la memoria oral, los recuerdos colectivos dejan de ser patrimonio común y se transforman en campos de batalla.
Jerome Bruner distinguió dos modalidades de pensamiento complementarias, pero irreductibles: la lógico-científica y la narrativa. La primera busca coherencia, relaciones causales y referencias verificables; la segunda construye relatos verosímiles, organiza intenciones y acciones humanas y convence por su semejanza con la vida. Una organización política debe moverse necesariamente entre ambas; pero, por resultar más cómodo, exigir menos trabajo, se suele volcar en la segunda. En una narrativa hay protagonistas, agravios, gestos de valor, traiciones y desenlaces. Eso emociona, moviliza y el éxito se saborea en el corto plazo. El problema surge cuando, desde la inercia, la narración sustituye al análisis y la organización termina confundiendo pensamiento con liturgia.
El pensamiento reflexivo exige ordenar la sucesión de ideas y convertir su mera concatenación en relaciones de consecuencia. Pensar políticamente no es decir muchas cosas, sino formular problemas, contrastar interpretaciones, justificar decisiones y revisar resultados. Llevamos demasiado tiempo donde la principal producción intelectual de muchas agrupaciones está siendo únicamente la proclama: discursos, comunicados y fotografías que acreditan presencia, pero no dejan ni construyen orientación política.
Una organización que piensa debe dejar huellas que su militancia pueda seguir y producir objetos: actas útiles, diagnósticos, mapas de problemas, documentos de posición, repertorios de argumentos, planes de trabajo y evaluaciones. Esos objetos no sustituyen al pensamiento, lo construyen y lo conservan, lo hacen examinable y permiten continuarlo. La psicología cultural insiste en que el pensamiento está mediado por instrumentos lingüísticos, culturales e institucionales y que no puede separarse del contexto material en el que se produce; si lo hace, desaparece. Sin esos instrumentos, cada nueva ejecutiva, cada nuevo proyecto comienza de cero y reinventa, en la más pura oralidad, errores ya cometidos con otro nombre en el cartel.
Los informes de gestión importan mucho más de lo que su nombre burocrático sugiere. No deberían ser el tostón obligado sobre ferias visitadas, reuniones mantenidas y actos de calendario. Deberían ser documentos de orientación política: qué realidad se ha observado, qué problemas se han identificado, qué datos sostienen el diagnóstico, qué decisiones se adoptaron, qué objetivos se perseguían, qué consecuencias tuvieron y qué salió mal. Un informe que enumera actividad demuestra movimiento, como el de un pollo sin cabeza, pero no dirección política.
Pero quedarse aquí sería confundir el diagnóstico con media solución. Se puede tener el mejor archivo y continuar siendo una organización sin pensamiento colectivo si los documentos los redacta una persona encerrada en un despacho. El pensamiento crítico no nace solamente de la letra, sino del trabajo y del roce que hacen posible esa letra.
Foucault nos hablaba del cuidado de sí, no como repliegue narcisista ni como bienestar privado, sino como prácticas mediante las cuales el sujeto examina su conducta, trabaja sobre sí mismo y transforma su relación con la verdad. En la Antigüedad estudiada por Foucault, ese cuidado necesitaba la escritura, los hypomnemata o cuadernos de notas y reflexión, pero también al maestro, al amigo, la correspondencia y la conversación. El cuidado de sí necesitaba obligatoriamente al otro.
Una agrupación socialista debería entender la militancia de manera semejante. No basta con defender hacia fuera valores que no se practican hacia dentro. La igualdad, la fraternidad, el feminismo, la escucha, la responsabilidad y la franqueza son prácticas políticas de formación del militante. La confianza y la lealtad democrática no se decretan desde una tribuna ni se votan en una asamblea de doscientas personas. Se construyen en el grupo de trabajo, en la comisión que se reúne un martes cualquiera, sin cámaras; en la experiencia repetida de discutir un problema, cumplir una tarea, reconocer un error y comprobar y reconocer que el otro permanece.
El pensamiento político tiene una génesis social. Antes de convertirse en convicción individual, aparece como discusión, lenguaje, cooperación y actividad compartida. Las investigaciones sobre pensamiento contextualizado subrayan su carácter socialmente construido y la necesidad de estudiarlo en los lugares y prácticas donde realmente se produce. Una asamblea soberana no puede ser el único espacio de elaboración; sirve para decidir, fiscalizar y establecer grandes orientaciones, pero rara vez permitirá razonar, escribir y evaluar con profundidad.
Por eso las Casas del Pueblo importan tanto como aquello que se dice en ellas. Cuando funcionan, lo hacen como iglesias laicas: no por el contenido de la fe o la ideología, sino por la arquitectura del vínculo. Una iglesia que solo abriera para la misa dominical acabaría siendo una comunidad de desconocidos. Lo que sostiene a una comunidad es también la actividad entre semana, la conversación informal, el estudio y el trabajo compartido. Una Casa del Pueblo que solo abre para el pleno es una nave sin sacristía: produce asistentes, quizá votantes internos, pero difícilmente militantes.
Pero nada de esto es una peculiaridad exclusiva ovetense. Es el retrato de una organización que construye su pertenencia a través de la consigna para foto. Es el retrato de una organización cuyas nuevas generaciones han vivido, creciendo y desarrollando su pensamiento en la modalidad narrativa del mitin, la proclama y el relato del adversario, descuidando la dimensión analítica, operacional y relacional.
Desde la narrativa se pueden ganar unas primarias. Lo que no se sostiene así es la orientación política necesaria para conquistar legislaturas. Cualquier organización política en crisis comienza a recuperarse cuando comienza a producir vínculos y huellas, no como vestigios del pasado, sino como puntos de referencia que permiten trazar un camino y llevar las prácticas de su pensamiento más allá de la proclama.
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